martes, 4 de noviembre de 2025

El silencio

 


No era mala, era que simplemente no congeniábamos. A todas nos chocaba su actitud altanera y su pose de sabelotodo. Fanfarrona, decíamos entre nosotras. Y no miento al decir que, de todas las chicas que estábamos en la sala, ella era la única que todo el tiempo andaba detrás de la profa. Que se levantaba para ir a su oficina, ahí iba ésta como pedo detrás de ella; que mañana se presenta tal cosa en el archivo de la ciudad, ahí la veíamos en primera fila, saludando a los que acompañaban a la dra. ¡Pues ésta! ¿quién se creía? ¿Su pupila? Ya estábamos en otro momento en esta ciudad como para que ella siguiera creyendo que, haciendo esas migas, una podría colarse a la Universidad. No, mi reina, así ya no funciona la cosa. Quizá era que tenía aún una vaga esperanza en el malinchismo y pensaba que, por ser extranjera, la iban a tener en consideración especial. Sabrá dios. La cosa es que no era mala en sí, sino que todo el tiempo se vanagloriaba del aplauso que recibía. Igual y, pensándolo ahora, ese aplauso fácil no era otra cosa, sino el querer que ya se callara y nos dejara a todas hacer nuestro trabajo.

            A veces, mientras se aventaba sus choros mareadores en la clase y tomaba las poses de las profas para sentirse súper docta y toda la cosa, yo la miraba detenidamente y pensaba: qué chingados haces aquí. La pregunta era doble, la primera vez dirigida a ella, la segunda, cuando comenzaban los cebollazos en la sala, hacía mí: qué chingados hago aquí. Luego de mirarla varias veces, era fácil detectar cuando las preguntas no le caían bien, o cuando se veía rebasada sin la capacidad de responder. Cierto, algunas amigas ya sólo la querían ver nerviosa, porque ninguna de nosotras tenía el valor suficiente para decirle frente a frente: ya bájale, we.

- ¿Por qué pones “cuervo”?

- Porque eso significa.

- Aquí no existen los cuervos.

- Y tampoco está hablando de cuervos ese texto, eh.

- Pero cuervo es una palabra más general.

- ¿Para quién o qué? ¿Para el norte global?

- Si sabes que en México no hay cuervos, ¿verdad?

- Y ¿eso de ahí qué es, entonces?

Fue un día tan gracioso para nosotras. Aquella vez toda la sala se convirtió en nueve risas estridentes más la de la dra., que no pudo contenerse y luego se disculpó con ella, al verla amarrada de la cara. En mis adentros disfruté como ninguna el que se equivocara, aunque en sí era una cosa de nada, una bobería que, sin ponernos de acuerdo, hicimos grande, al tamaño de su soberbia.

- Se llama zanate…

Quizá también debiéramos agradecerle un poco por lo de ese día, no sé; porque sin querer nos obligó a ser estrictas con las revisiones. Una por otra, diría yo. No hubo ocasión en que no le dijéramos algo de sus traducciones en tonos burlones: Ya no más falta que pongas jaguar, en lugar de ocelote. Nos aprovechábamos de su idea absurda de estandarización y de lengua culta, de la que tanto alardeaba y le gustaba decir que era experta y no sé qué más. Recuerdo que decíamos entre nosotras: ¡estándar la estupidez! La verdad no sentíamos para nada que hubiésemos tocado el límite con todo lo que le decíamos en la sala. Ni siquiera teníamos empacho para decirlo delante de la Dra., ella también abonada al caso, pero, claro, siempre desde una postura más mesurada y menos directa. Y tal vez realmente no habíamos tocado el límite, porque no parecía entender que su actitud fanfarrona nos hacía insistir más y más, y siempre lo pensamos así: nos quedamos lejos de darle una buena lección de humildad.

            Un día la encontré en el metro. No quise saludarla. La vi caminar con prisa hacia la puerta y obviamente pensé que me había visto, que por eso quería cambiarse de vagón. Todo bien, a mí qué. Para mi sorpresa venía de regreso, miraba hacia la estación como buscando muy preocupada a alguien. Derecha, izquierda; nada. Sus ojos se cerraban como para ajustarse a la luz de fuera, pero era obvio que no conseguía encontrar aquello que buscaba con insistencia. Era tanto su ímpetu, que ni siquiera reparó en mí cuando se puso mero enfrente, casi pisándome los pies. Agaché la cabeza para no tener que saludarla y mantener una charla incómoda hasta la universidad. Luego de varios intentos por querer mirarle por entre mis cejas, me decidí a levantar la cabeza y, ni modo, mirarla de frente. Para mi sorpresa nada ocurrió así. Se veía tan absorta que seguía buscando aun dentro del metro; repasaba los rostros de las personas, sus cuerpos, sus atavíos. Sus ojos no se limitaban sólo a ese vagón, un bosque de personas le interrumpían el horizonte y se movía estirando el cuello para ver más allá de donde estábamos. ¿Qué tanto buscará? ¿A quién? mejor dicho. Bajó del metro sin mirarme. Aquella vez no pensé que fuera por su soberbia. Simplemente no estaba en sí, o quizás la estaba conociendo en su punto más franco, el de las afecciones. No sé. Se bajó, pero ni siquiera habíamos llegado a la universidad.

            Los días pasaron con una calma inigualable. No verla en la clase nos había hecho concentrarnos mejor en los trabajos de cada una de nosotras. Hasta la Dra. se veía más aliviada de no tener que estar aventando flores a la menor provocación. Sin embargo, esos días pasaron tanto, que de pronto se hicieron dos semanas sin verla. Ahí las burlas se tornaron preocupación. No en todas; obviamente. Porque una cosa es que nos cayera mal en la clase, y otra era desearle cosas malas, sobre todo porque no estaba en su país. Imagínense que le pasara algo, sería un golpe terrible para la familia, salir persiguiendo sueños y devolverse en un vuelo larguísimo de quince horas con el sueño perdido en la noche eterna. No alcanzaría ninguna palabra para el consuelo. ¡Ay! Si me pasara a mí, que digan que estoy dormida y me traigan aquí… No, seguramente no era nada serio, quizás solamente le había caído el veinte y había comenzado su proceso de reflexión profunda para después regresar a las clases siendo otra, una más humilde, una más sincera y, dios quiera, una menos altanera.

            En otra ocasión la volví a encontrar, pero ahora en la estación. Deambulada como aquella primera vez en que la vi, de aquí para allá, sin rumbo fijo, buscando algo en el rostro de las personas que la miraban como si estuviera loca. En cierto sentido me compadecí de ella. Llegué a pensar que efectivamente se estaba volviendo loca, que quizás la distancia de su familia o la soledad le estaban pasando la factura. No descendí, sólo dejé que se perdiera de mi vista hasta que sus chinos se convirtieron en un garabato en la estación. Cada quien que se rasque con sus propias uñas.

- Oigan, y ¿qué saben de su compañera la china?

- ¡Ora! ¿Es china? Ni parece.

- Por el cabello.

- ¿Qué saben?

- No, pues nada; si nadie le habla, ni el saludo responde.

Callé. No sería yo quien revelara su situación tan indignante. Porque era indignante perderse en la locura, más cuando estás a punto de convertirte en doctora, y cuanto más si no eres de aquí. Callé; dejé que las voces de mis compañeras y de la doctora hicieran un eco vacío en la sala.

De regreso a casa, culpable de no haber dicho nada, bajé en Nativitas para buscarla. Quizá se la pasaba en la estación dando vueltas y vueltas. Además, sus chinos eran inconfundibles, parecía Amanda Miguel y de esos no hay aquí en la ciudad. Seguro alguien la habría visto y me podría decir hacia dónde caminó o hacía qué rumbo habría tomado. No tardé mucho en reconocerla, caminaba rápido y la seguí. Parecía un fantasma flotando, pues me fue muy difícil seguirle el paso, pero ahí iba, detrás de ella queriendo alcanzarla. No quería gritarle, qué tal que la espantaba y corría; ahí sí la perdería. Lo que sí quise fue rendirme; convencerme de que mejor mañana la buscaba, pero ya estaba ahí, qué tanto era tantito. La seguí hasta una calle muy tranquila donde se metió en una casa de dos plantas. Llamé a la puerta. Salió una señora ya grande. ¿Será su mamá? No se parece.

- Aquí vive una chica de cabello chinito, así, todo esponjado.

- ¿La fuereña? Sí, allá arriba es su cuarto. Pero ella ya sabe que en la tarde ya no se reciben visitas.

- Soy su compañera. Sólo le traigo un trabajo.

- Ta bueno, pues, pásate.

Subí. Al espiar me miró sorprendida, seguramente sospechando el motivo de mi presencia. Medio abrió la puerta y se quedó esperando mi palabra. Típico de ella. Luego de un rato entendió que debía invitarme a pasar, por mera cortesía. ¿Tan malacostumbrada estaba? Su cuarto se veía muy bien ordenadito; el desmadre era su escritorio. Tenía papeles por todos lados, libretas, notitas y en su computadora una galería de fotos que me pareció interesante. Me senté en la cama; nada mal para ser una pensión. Conversamos; le mentí al decirle que todas preguntábamos por ella, aunque dije la verdad al comentarle que me tenía preocupada, no por sus inasistencias, sino porque creí que se estaba volviendo loca. Su rostro hizo un gesto inconfundible de incredulidad que de inmediato cambió cuando le referí la historia del metro. Absorta, tomó asiento frente a su escritorio. En ella aun podía notarse la duda de si debía contarme o no. Tomó aire. Me miró y entonces externó su caso.

            La vez del metro me pareció ver a alguien conocido, pero no conocido de azares o fortunas simples y cotidianas, sino verdaderamente a alguien que conocía muy bien. Quizá lo imaginé, quizá verdaderamente estuvo ahí compartiendo el vagón conmigo, sin querer dirigirme la palabra. No lo culpo. La sensación que aquello le dejó a mi cuerpo fue de abandono, no uno de esos que pasan rápido y se esfuman luego, sino uno pesado, como si de mí se escapara el alma y yo me convirtiera en un simple y llano pote vacío de mí. Tenía su nombre en la punta de la lengua, pero no podía recordarlo. Caminé hacia él para topármelo de frente, pero se había ido. Luego, pensando en que todo había sido una imaginería mía, lo busqué por los vagones sin éxito. Sí lo recuerdo. Al llegar a casa quise no darle tanta importancia, pero mira en qué se ha convertido ese fantasma. ¿No recuerda su nombre? Interesante. Llevo todos estos días buscándolo. Estoy segura que lo conozco, aunque no sé por qué su nombre se me ha olvidado. Sin embargo, sé que está ahí, entre todas esas palabras que guardan los cuadernos, los apuntes. Estoy segura que es una de todas esas. Míralas, ¿alguna te suena diferente, alguna te parece nombre? Estaba loca, era eso o su pedantería era tal, que la muy mamona fingía olvidar a alguien que a todas luces conocía. …che vieja mamona. Sin embargo, en sus ojos unas lágrimas se asomaban. Jamás la había visto tan vulnerable. Me compadecí de ella, del dolor que sentía y me comprometí a ayudarla.

            La cosa no estuvo fácil, porque no era que recordara a alguien físicamente, sino que, a partir de lo físico que miraba en el mundo, lo que venía a su mente eran palabras, sólo palabras, como si el recuerdo evocara la presencia de ese fantasma no precisamente en cuerpos, sino en materia verbal que la hacían figurarlo delante de ella. Y a pesar de ello, el recuerdo nunca venía con el nombre del fantasma. Así que fue difícil ayudarla. Me refirió muchas veces la historia del metro, pretendiendo que yo detectara en los detalles las palabras exactas que le evocaban el recuerdo de ese fantasma sin nombre. Tú puedes, eres la única de la clase que es buena. Lo tomé como un cumplido, es decir, como una mentira piadosa. Revisábamos las fotos; yo decía: ¿es ese?; ella respondía que no; y seguíamos una a una comentando cualquier cosa que el recuerdo le trajera. De pronto, en uno de sus cuadernos vi algo que no habíamos notado antes. Era una cosa de nada, una letra pequeñita de un trazo muy delgado que seguramente había sido hecha con punto fino. No es mi letra, tampoco recuerdo de quién es. Ahí estaba la clave. La encontramos en varios cuadernos, la mayoría no decía nada relevante, apenas comentarios a sus múltiples trabajos acompañados de un: para que no se me olvide decirte… Jamás en nuestras vidas habíamos hecho tal arqueología, y cuando ya dábamos por terminada la búsqueda, apareció otra cosa importante. Fue en uno de sus cuadernos que ella encontró “chimimó”. ¿Chimimó? Qué significaba esa palabra. Ninguna de las dos la identificó, ni en español ni en su lengua. El tiempo se nos había acabado. La señora vino a interrumpirnos con su imprudencia de viejita arrendataria, que quiere seguir las reglas al pie de la letra. Me despedí y prometí volver.

 

Su asunto no dejaba de provocarme ciertos recelos; algo no me acababa de convencer. Quizá no debía ayudarla, quizá debía dejar que se topara con pared y tuviera mínimamente una gota de su propio chocolate y notara que no podía saberlo todo. Sin embargo, yo no podía ser como ella, porque no es que fuera mala, sólo era una niña mimada que creció, seguramente, creyendo que todo lo que hacía, lo hacía perfecto. Quizá nunca le dijeron que estaba equivocada. De ahí su soberbia. No, yo de plano no podía; es más, ni quería. Además, era cierto que me intrigaba bastante su caso. No reconocer o recordar algo que definitivamente conocía muy bien, eso sí era muy interesante. Que le sucediera a ella, meramente circunstancial, sobre todo porque pensé: qué ganas de querer llamar la atención, de llegar al borde de las lágrimas; era demasiado, ¿hasta dónde era capaz, con tal de seguir queriendo ser el centro de atención? Y lo estaba consiguiendo.

En la escuela era más que seguro que ya no podría destacarse. Las compañeras tenían un método infalible para dejarla tocada y nerviosa con todos los comentarios que le hacían. La dra., siempre que podía, paraba su intervención y daba turnos equitativos para hablar. En cierto sentido, las dinámicas de la sala la castigaban lentamente y la orillaban al silencio, a la prudencia de la palabra, pero sobre todo a comprender que en México estábamos hartas de las poses de esa gente que se siente tocada por dios sólo por ser académicas. Hacía tiempo que ya nadie se decía experto de equis o de ye cosa, aunque a ella esa información le había llegado tarde.

            Volví a su casa un sábado en el que no tenía nada que hacer. Quería distraerme, saber si tenía otro indicio o bien simplemente ver hasta dónde era capaz de llevar su teatrito. Una ambulancia estaba en su casa. La vieja, pensé. Al llegar fue precisamente ésta la que me dijo: creo que se puso mala tu amiga, sube a ver. Los paramédicos la tenían sentada frente al escritorio. Me limité a mirar sin preguntar nada; ya habría tiempo para hacerlo a solas. Luego, uno de ellos se percató de mí y me llevó a fuera para darme una noticia absurda: no puede hablar. ¡Cómo que no puede hablar! ¡Pues qué chingados pasó! Y ahora ¿cómo sabríamos el nombre del fantasma aquél? Seguro era una vacilada más. Total, si no quería contarme, mejor me hubiera dicho, pero, hacer tanto drama, no era de dios.

            A solas, dudando de que verdaderamente no hablara le pregunté qué pasó. Quiso explicarme con un chorrito de voz y yo la miré con cara de: ¡no mames! Así que me limité a darle una hoja y pedirle que escribiera. Si éramos estudiantes, que se notara. Escribió que había encontrado algo la noche anterior cuando platicaba con su madre, que fue ella la que en la mañana le envió unas fotos y que entonces recordó a la persona, pero no así su nombre. Y que luego de ello fue que sintió en la garganta una resequedad inmensa al punto de pensar que caería ahogada en su silencio. Afortunadamente, la viejita subió para entregarle algo y ahí fue que la descubrió tomándose del cuello para rápidamente llamar a la ambulancia. Benditas viejitas que siempre están en el momento oportuno.

Revisé su celular, eran algunas fotos de cartas con la letra aquella y el “chimimó” al margen de las hojas. Con la cabeza le hice una seña para que me explicara qué onda con eso y escribió para mí: chimimó = sí, mi amor.  En mis ojos la sorpresa era inocultable. La miré y sólo con el rostro entendió mi pregunta. Así era, se trataba de alguien a quien había amado. Bueno, ni tan así. Porque mirándola bien con esos ojos preocupados, seguro no fue ella quien le amó, sino él, el “chimimó”. Sabrá dios. Luego apareció la que digo yo es la causante de todo este embrollo, que más bien parece un conjuro del más remoto pasado viniendo a cobrarle la factura hoy; ahora justamente. Era una carta larga que decía esto:

Dibujé tu nombre en el cuaderno. Fue para no olvidarte, para recordar que te quiero. Las hojas no habrán entendido por qué tantas veces las mismas figuras, repitiéndose constantes una y otra vez, armónicas, como aprendí otrora en la escuela. Esta vez no sería por un castigo, era un deseo profundo por volver a verte. Pensé en que, todas las veces que en el futuro leyera el cuaderno, aparecerías ante mí como si en el trazo hubiese conjurado tu imagen, como si los sonidos, convocados en líneas rectas y curvas, llamaran a su vez tu rostro para venir desde tu lejanía a sonreírme otra vez, una vez más. Lo escribí hasta que la distancia se hizo sueño y me quedé dormido. ¿Sabes a qué distancia estás de mi sueño? A 3007 veces tu nombre escrito sin prisa. Con mucha nostalgia, pero sin prisa. Lo escribí porque recordé nuestra plática, porque no quiero que el tiempo y la distancia se consuman tu nombre hasta hacerlo un rumor, hasta hacerlo otro; uno vacío de sí. Porque sería una cruel ironía que tu nombre: Eco, se convirtiera verdaderamente en un eco murmurado en las añoranzas de nuestro pasado. Sé que parece una exageración, pero qué carta existiría ahora si no lo hubiese hecho, qué leerías de mí en este momento. Sería yo quien se hubiese convertido en un murmuro silente del que poco en poco te estarías olvidando. Y para mí tu olvido sería la muerte positiva, porque sé que sólo existo cuando tú me imaginas, cuando tú me piensas; y que tú en mí existes toda vez que te nombro: Eco.

Tal vez era un conjuro, no estaba tan cierta de ello. Sin embargo, la carta me hacía pensar que así lo era, que la perdida de la voz no era más que un síntoma de que él, el “chimimó”, la había olvidado. La miré de nuevo.

- Ajá, pero y ¿quién es?

- …

- ¡Cómo no vas a saber! ¡No manches!

- …

- ¿Ni dónde vive?

- …

- ¡uta! Pues vamos a tener… ¿qué es eso?

- …

- ¡Sí, eso! A ver, pásamelo.

En su libreta estaba el dibujo inconfundible de una catedral. Lo miré detenidamente. Le pedí chance para sentarme y buscar en su computadora alguna que se le pareciera. Pensé: seguro es en México, tiene toda la pinta. Luego otro pensamiento me hizo sentir tan tonta: son treinta y dos estados. Me tocó el hombro y señaló el cuaderno: “chimimó”. ¿Qué? ¿Qué quería decir? Señalaba el dibujo y la palabra, y en la hoja que le di puso: combinan. Entendí que la relación generaba sentido, como si en su memoria un recuerdo se recuperara. ¿“Chimimó”? y entonces grité: ¡Puebla! Y ella tronó los dedos para luego apuntar hacia mí. Teclee. Era Puebla. Claro, ¿quién puede ser más cursi y absurdo que los poblanos como para decir esa niñería de “chimimó”? Al regresar la mirada la vi sacando una maleta pequeña y me dije: ésta sí que está lurias. Cuando notó mi extrañamiento, con la cabeza me preguntó si iría con ella. Claro. La locura se pega y ahora era yo quien quería saber sobre el fantasma.

 

Puebla siempre me había parecido aburrida y provinciana, aunque no era nada más que un cliché absurdo de defeña. Llegamos: y ahora ¿pa dónde? La vi pensar para luego hacerme una seña y seguirla. La verdad es que pensé que nada más se estaba haciendo la desentendida, porque comenzó a caminar como conociendo muy bien los rumbos, las calles, todo. Subimos, bajamos aquí y allá, tomamos un bus y luego otros. A veces parecía que ya habíamos pasado por el mismo lugar dos veces. La detuve y le pedí que me escribiera para explicarme la navegación tan a la deriva que llevábamos. Sólo escribió: memoria. Así que seguimos a su memoria por los caminos que no recordaba del todo y que poco a poco le iban devolviendo el recuerdo del fantasma. Cada calle atravesada, cada parque recorrido, reconstruían en ella el rastro de las palabras de ese pasado que había olvidado, sabrá dios por qué. Y, en cada paso que daba, la notaba más triste, más melancólica, más silenciosa.

            Llegamos a un barrio súper feo. En cualquier momento nos asaltan, pensé. Y de pronto, se detuvo frente a un portón blanco que tenía un moño negro colgado. Enmudecí también. Me miró con lágrimas en los ojos moviendo la cabeza para negar que fuera cierto lo que ambas pensábamos. Fui yo quien llamó a la puerta. Una mujer nos abrió y la reconoció: ¡Eco! Y la abrazó para llorar un llanto bajito que parecía no acabar nunca. Adentro un ataúd resguardaba al fantasma. Cuando entramos, todo se volvió un silencio profundo. Las miradas se posaron sobre ella, que caminó despacio hasta encontrarse por última vez con él. Lo miró a través del vidrio, era un laguito fingido que, al mirarle a él, le devolvía a ella su propia imagen a la vez. Ahí estaba Narciso, muerto, en silencio total, sin poder pronunciar el nombre de Eco nunca jamás. Y ahí estaba ella, que se había olvidado de él, condenándolo a una inexistencia más cruel que la propia muerte. Condenándose a sí misma al silencio.

¿Lo había amado? Estoy segura que sí. La miraba desecha en llanto mudo, acercándose a él y estirando los brazos como esperando que le devolviera el gesto, aunque era un engaño sutil del deseo, porque lo único que miraba era su propio reflejo sobrepuesto al rostro de Narciso. Lo muerto, muerto está. Y ahí estaba Eco, muriéndose y llorándole a un muerto que no quiso recodar. Nadie llora por nada y menos con la fuerza con que ella se deshacía en lágrimas ese día. Jamás en toda mi vida había visto semejante dolor. Su llanto se metía misteriosamente por mi piel y me dejaba igual de vulnerable. Fue imposible no llorar con ella; fue imposible no sentirse tan triste con ella al despedirse del fantasma que había visto en el metro. Quiero pensar que aquella vez fue a buscarla una última vez, a hacerse palabra y promesa, como para pedirle que no lo abandonara, que no lo dejara morir en el olvido, pero ya era tarde, se había convertido en un fantasma al otro lado del espejo.

Luego de que las cenizas descansaran en un bosque muy bonito, al lado de un lago de a de veras, a Eco le dieron una cajita. Se la dieron porque él así lo había pedido. Eran un montón de fotos de ellos dos, en un montón de lugares por México, y yo me dije con rabia e incomprensión: ¡no mames! ¡pues en qué momento pasó todo eso! ¡Si casi siempre estuvo en el DF! Eran las mismas fotos de su computadora, sólo que en aquellas sólo aparecía Eco. Cuánto pinche ego. Eso sí era ser muy malcriada, mira que negar a alguien a ese grado. Y luego, ¡no mames que lo olvidaste! Lloré, porque el dolor que sentía me hizo pensar que nadie nunca debiera pasar por esto. Qué haría yo si alguien me negara, si un día me dijera que me ama y al otro me tratara como si no existiera. No, nadie nunca debiera negarse a nivel de la palabra, porque la palabra es vida, el silencio es la muerte total y el olvido es el camino hacia silencio. Pobre Eco, sus razones había de tener para querer olvidarlo, y seguro las tiene, pero esas no las sé ni las podré saber nunca más, porque ella, que no era mala, sino que posiblemente sí estaba loca, ya nunca volvió a hablar. Tampoco regresó a las sesiones en la universidad. De hecho, nadie nunca volvió a preguntar por ella. Se esfumó del recuerdo de todos como si también fuera un fantasma. Yo, en cambio, me he quedado con sus libretitas y sus notas que lastimeramente me recuerdan su historia. Lo último que supe de ella fue que se retornó a su país en un viaje larguísimo de quince horas en silencio, y que allí en su ciudad se la pasa mirando el reflejo del Lago Norte. Yo estoy segura que lo mira recordando a Narciso, callada, porque no respondía si nadie le hablaba. Ahí debe estar, dolosamente recordando lo que ya nunca fue ni promesa, ni palabra, sólo eso: silencio.



jueves, 15 de julio de 2021

La generación 85-86 del Ghetto Escolar

Foto: Google maps
 

Niños que se formaron artistas


No es extraño que algunas manifestaciones artísticas surjan en contextos de represión, opresión, marginalización, etc., sobre todo cuando el poder radica en Estados Totalitarios que dictaminan los rumbos, las maneras y las formas en que todos deben ser e interactuar; es en esos contextos que las artes representan, de cierta forma, el lugar donde las libertades pueden experimentarse.

            Lo que tampoco es extraño es que esos Estados Totalitarios se reflejen en cada una de sus instituciones, como en las escuelas, que son el lugar donde se amaestra a los futuros ciudadanos. Pero si escribo esto es por algo que ha llamado mi atención en el caso particular de una de las instituciones más conocidas en la ciudad de Puebla: el Ghetto Escolar.

            Como es de dominio popular, se dice que ésta era una de las mejores escuelas de la ciudad, sin embargo, habría que preguntarnos por qué se tenía esa idea de ella. Quizá la respuesta esté en la mera imagen ilusoria y discursiva que durante años se formó a partir de un prototipo de ciudadano, aquel contenía en sí todos los valores aceptados por la sociedad de entonces. Y esos valores no eran otros que los típicos del subordinado, del vasallo, del oprimido que defiende al opresor. De ahí que, en el propio Ghetto, se premiara la constancia de las formas y las maneras impuestas desde el poder: casquete corto, uniforme “bien” vestido, peinado de tal o cual modo…, y se castigara todo aquello que representara divergencia. Nada diferente al fascismo.

            Pero, como en todo Estado Totalitario siempre hay brotes de insurgencia, revolución y anarquía, y no fue la excepción en el Ghetto Escolar. Claro, no estoy hablando de cuestiones armadas, sino de aquello que la edad permitía a sus actores, la salida por la vía de las artes. En el Ghetto, aun cuando no todos concluyeron sus estudios en él, podría haberse dado una ligera formación artística que resultó en lo que hoy podemos constatar en cada uno de los que aquí mencionaré. La generación del 85-86 ha dado unos frutos que, desde mi punto de vista, son increíbles y que de alguna u otra forma están dejando su huella en la historia oculta de la ciudad de Puebla. Digamos que el Ghetto Escolar ha sido el punto donde convergimos todos y, por tanto, el pretexto para este escrito.

He aquí los que recuerdo o de los que sé alguna cosa y que no es más que una lista de artistas como para que mi memoria no los olvide. Christian Bravo, arquitecto y artista plástico; Miguel Martínez, investigador literario y poeta; Iván Nájera, compositor musical; Gabriela Guevara, cronista y fotógrafa taurina; Hilario Tovar, artista plástico; Jorge Méndez, escritor; Javier Cano, artista plástico; Erick Lara, artista plástico; José Figueras, cineasta, Sandra Palacios, investigadora literaria y escritora; Javier Pedraza, cineasta, Rafael Alba, músico, Roberto Murrieta, narrador.

Sé que hay muchos más, sin embargo, de aquellos no tengo noticia alguna. Quizá el lector pueda ayudarnos a completar esta lista. Quizá en el futuro podamos dedicarle un espacio mayor para hablar del trabajo de cada uno de ellos. Incluso para saber si ese punto de encuentro, el Ghetto, marcó o no alguna cosa de lo que ahora producen.




P.D. Obvio ha habido muchos otros artistas que pasaron por el Ghetto en otras generaciones.

martes, 20 de octubre de 2020

Pastorela Cómica Érase una vez en San Miguel Ixitlán

 

Aprovecho este espacio para compartir con ustedes un trabajo que, más que individual, fue colectivo con los estudiantes del Bachillerato Digital núm. 68 de la comunidad de san Miguel Xitlán, allá al sur del Estado de Puebla, México.

Se trata de una pastorela cómica que presentamos el parque de la comunidad como participación social de la escuela.

Como es algo larga pues les dejo el link en donde pueden descargarla. Cualquier cosa me avisan, no tengo problema en mandarla ni en que se modifique.




https://drive.google.com/file/d/1ToJ1jVaDq3f7tgl
Kg1hPHyQe_CJn3pem/view?usp=sharing

domingo, 2 de septiembre de 2018

Para poder comprar alguno de los ejemplares de la editorial, favor de ponerse en contacto conmigo dejando su correo. Todos los títulos tienen un costo de $50.00 pesos y en caso de enviarse fuera de la ciudad de Puebla, pregunto en FedEx por el costo. Saludos y que tengan una excelente lectura =D



















sábado, 29 de abril de 2017

Aurrera

A Marce Viáñez

La última vez que escuché su voz fue también la última vez que nos vimos. Yo la vi sonreír como de “todo está bien”, y al cerrar la puerta volvió para decir: “yo también te quiero”. Obvio le creí. Pero no es que dudara de que en ese momento me quisiera, sino que lentamente fui descubriendo una verdad nefasta en esas palabras, decir “te quiero” no equivale a decir “estemos juntos”. Después de ese 16 de mayo, vivir fue bastante complicado. No había momento de ocio que no le dedicara a ella; volvía siempre jovial a la memoria como para recordarme que la había perdido. En mi mente hubo 7,121,995 versiones de lo acontecido y otras iguales en número que falsearon lo mucho (o poco) que la quise. Ninguna hablaría del por qué nos distanciamos, y quizá eso se debía a que ni yo conocía con certeza la razón.
            Algunos meses más tarde me encontré con uno de sus colegas y fue él quien, sin pedirlo, me puso al tanto de su partida lejos de la Angelópolis. Supuse, entonces, que los recientes acontecimientos cerca de Clavijero y las oleadas migratorias tras las declaraciones de Alycandro, le habían hecho pensar, como a muchos, que todo sería mejor en otro lugar. Obviamente pensé que allá lejos, donde alguna vez soñé vivir cuando era joven, ella estaría siendo feliz, enormemente feliz como alguna vez lo dijimos: “qué felicidad será nuestra infelicidad”. La imaginé descendiendo del autobús mirando a ambos lados y tomar rumbo hacia algún lugar desconocido para mí, perdiéndose toda huella de ella en mí, o de mí en ella, para convertirnos en dos entes alienados del pasado compartido. En fin. Era lógico, todos, en algún momento, abandonaríamos la ruina de ciudad; yo por mi parte abandonaría en algún momento esta ruina de cuerpo.
            El Estado quería verse bondadoso y mover a la mayor parte de su personal a otras ciudades en donde los conflictos políticos no afectaran la consecución del poder. Supe de algunos colegas que fueron enviados a regiones muy alejadas del valle; a mí, afortunadamente, me tocó cerca, en Tehuacan. Desmotivado, solo, ruinoso, no me quedada más por hacer en esta vida que esperar un trágico final, no por mí, sino por la vida misma. Establecí rutinas para pasar el tiempo. Para todo existía alguna, para el trabajo, para la casa, incluso para pasear los fines de semana o hacer las comprar. Nada ni nadie debía intervenir, eso era muy claro en mí. Todo ese planteamiento en mi vida me avejentó unos diez años y me convertí en un maniático de las rutinas. Hasta para pensar en Sarai tenía una, la cual era cuidada de tal modo que nadie la interrumpía mientras me sentaba a tomar un smoothie en los portales del parque Hidalgo.
            Allá por el 2020, a un año de estar en esta ciudad (la fecha no me la creas mucho porque es vago ese recuerdo), comencé a tener algunas alucinaciones que sólo me hacían sentir incómodo. Era ella que aparecía y me miraba con sus ojos titubeantes, sinceros, cautivantes. Consiente de mis alucinaciones, de saber perfectamente que por ningún motivo sería posible que ella estuviera ahí, frente a mí, caminaba lentamente hasta acercarme al lugar en donde se suponía que estaba y, con las lágrimas asomando, me paraba exactamente en ese sitio. La física comprobaba mi alucinación y triste volvía la mirada al mundo circundante. Claro, hasta ahí todo bien, en serio; todo era claro y simple, dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio. El problema fue cuando la alucinación decidió estar en la pared. ¡Vaya que dolió el querer ocupar ese espacio! La nariz sangrando, algunos ayes de dolor que me acompañaron desde las butacas y también algunas risas semi-discretas que con asombro veían mi estupidez. ¡Profe, qué le pasó!; Perdón, jóvenes, no vi qué tan cerca estaba de la pared… Ni siquiera sabía por qué me disculpaba.
            El siete de diciembre de ese mismo año cavilé sobre la posibilidad de pedir un permiso para dejar el trabajo por un año, o por un tiempo, y despejarme de toda esa estupidez que ya me fastidiaba. Me senté a la sombra de los portales en el parque Hidalgo y pedí una chamoyada simple, sin tarugo pero sí con chamoy. Una nube oscureció la plaza y un viento fuerte avivó los gritos juveniles de las mujeres que paseaban. Todos miramos divertidos sin centrar la mirada en ningún lugar. Los puestos de pulseritas cayeron, algunos más vieron volar sus anuncios y en toda esa fiesta involuntaria apareció ella. Sonreía como todos, pero también como sólo ella podía hacerlo. Iba sola, con un vestido blanco de bolitas negras que destacaba en ese tono gris de fondo con que la nube nos había dejado. Su cabello azul argón, sin daño por el aire, le acompañaba el paso suave y seguro con que atravesó la calle Independencia. Mis ojos sabían que ésta era la alucinación más hermosa que habíamos tenido en años. Estupefactos, idiotas, mis ojos la siguieron hasta que la esquina impidió mirarla y mantenerla en la pupila. El mesero llegó: ¡linda la chica ¿verdad?!; ¿Perdón?; La chica de blanco, imposible no verla; ¡Ah, sí!
            Al llegar a casa me miré en el espejo; sentí mi temperatura, mis ojos parecían normales. ¿Acaso mis alucinaciones habían llegado al grado de hacerse compartidas? o ¿será que ahora la imaginaré en otras personas? La maldición de Funes caería sobre mí y no bastaría con recordarla, sino que también la vería reflejada en otras personas. Semanas más tarde, platicando al aire con el mesero sobre mujeres bonitas, le mostré una foto de ella como para probar mis visiones y dijo: ¡Ah! ¡la misma chica de la vez pasada! no pierde el tiempo ¿verdad?; ¿Cómo que la misma?; Sí, la de blanco, es difícil no recordarla –tomó la foto–, véala usted, es tan guapa, ¿cómo se llama? seguro no es de aquí porque la reconocería, ha de haber llegado con los migrantes de la capital, como usted… El mesero siguió hablando, hacia mí mismo decía que todo esto era improbable, seguro estaba soñando, seguro en algún punto de mi vida había caído en coma y esto no era más que uno de los tantos mundos posibles que se construían en mi mente. Ella no podía estar en Tehuacan; si bien era cierto que muchos habíamos terminado aquí, ella debió irse lejos, al sur, a las tierras del Mam. Es más, debe estar allá, casada, con hijos, feliz, lejos de mis sensibilidades, olvidándome, odiándome. No aquí, nunca aquí, Tehuacan era mi sitio para imaginarla, para estúpidamente recordar mis cursis palabras que para nada fueron realistas: ¡hasta que me olvides, tuyo! No, no era posible, si esto era verdad sólo significaba una cosa, coincidir, en algún lugar, en algún tiempo, en alguna realidad, pero inevitablemente coincidir.
            ¿Coincidir? ¿Con quién? Ella no estaba aquí, debía hacerme a esa idea. Escribí para distraerme sobre el éxodo poblano. A veces, en mis relatos moría yo o ella, o viajaba perdido en el espacio, distante de todo, de ella. Los amigos buscaban ayudarme para sacarla de mí, pero sólo Marcela tuvo la palabra correcta: ¡Aurrera! Uno de sus amigos que había pertenecido al ETA le contó que el origen de esa palabra era Esukera, también le contó sobre los días en que fueron perseguidos y de la fuerza que esa palabra les daba para mantenerse en pie: “cuando te sintáis sola, o también cuando penséis que todo está acabado ¡aurrera!”. Así le dijo Charly y así también me legaba esa palabra para seguir. No tenía nada que perder si ella verdaderamente estaba aquí. ¡Aurrera! Y si verdaderamente un encuentro era inevitable, las palabras tenían que ser las más vacías del mundo, las más comunes, las que han perdido toda intensión verdadera de comunicar: cómo estás, cómo te va, hola y adiós; fingir total desconocimiento era también una probabilidad, pasar de largo el uno del otro, detenernos pasos adelante y volver la mirada para descubrir que todo está muerto… ¡Aurrera!

            Tranquilo, decidí cenar con café, pero ya no había. Tomé la cartera y caminé por Héroes de Nacozari hasta el super, atardecía en la cada vez más ruidosa Tehuacan y el aire, tranquilo y fresco, me acompañaba la mirada baja. Desde la avenida Independencia vi el nombre del supermercado en un marco verde, me pregunté si su pronunciación sería igual a como lo decimos en español. Sonreí de pensar que frente a mí, el templo de la resiliencia estaba majestuosamente iluminado, era un pagano más. Un templo artificioso, lleno de cosas que no necesitamos y de otras que por costumbre consumimos. Café, tal vez un poco de jamón… Sí, de ese señorita, gracias; me llevaré unas leches y cereal. Caminé despacio hasta la caja, escogí la siete. Bip, bip. Esperaba detrás de un tipo que se llevaba todo el super. Bip, bip. Tomé una revista y me distraje entre sus líneas mientras acababa el desfile de artículos; no tenía prisa. Bip, bip. De reojo lo vi pagar e irse. Después, la voz grave y femenina de la cajera viajó profundo en mis recuerdos hasta ponerme la piel chinita: ¿Encontró todo lo que buscaba? El silencio sobrevino; reconocí esa voz, era la misma que años atrás me hubo dicho “yo también te quiero”. Mi rostro pausado volteó para encontrarse con la mirada de una cajera también absorta. Estaba ahí, de frente a la chica de blanco, mudos de asombro y con las miradas cristalinas desbordando una nostalgia feroz. Quizás ella también pensaba en qué decir, o en cómo decirlo. Al borde de su párpado detuvo un intento de lágrima y desvió la mirada para parpadear seguidamente, así como para apagar la voluntad del llanto. Al regresar la mirada, compuesta y en sí, dijo: ¿encontraste todo lo que buscabas? Te juro que quise responder algo inteligente, pero mi boca estaba sellada y mi rostro se deshacía en lágrimas ligeras y calladas. Apreté los labios y pasé saliva. No dije nada, sólo asentí con la cabeza, había encontrado todo lo que buscada. Pagué y sólo con movimientos de cabeza agradecí mi cambio; nada especial, amabilidad simplemente. Antes de salir regresé la mirada para verla por última vez en este ciclo de encuentros esporádicos, pues podrían pasar meses, años, vidas enteras hasta volvernos a encontrar. Me miraba, con su mano afable levantó el pulgar y dio una sonrisa finita. Todo está bien. ¡Aurrera!

Aguilar Sánchez, Paul (Pool DunkelBlau), "La Femme: Aurrera" (Colección inédita de Cuentos)

domingo, 9 de abril de 2017

La Hechicera


A Mercedes Toxqui


La cabeza de un hombre asomó por la puerta y en su rostro ya se notaba la cautela con que iría a decir:
– M… Buenos días, ¿se puede pasar?
– Claro, pase, ¿cómo está?
La sonrisa en ella permaneció mientras él se acomodaba en un sillón. Él miró los objetos que estaban cerca, el piso y luego devolvió la mirada a la doctora. También sonrió.
– Qué curioso ¿no le parece? O sea, no de curiosidad, sino de inquietante, de interesante.
– Perdón, no le entiendo…
– Sí, mire. Entro y lo primero que pregunta es algo que ya sabe “¿Cómo está?”, o ¿acaso esa pregunta sirve para medir qué tan mal está el paciente? Desde mi punto de vista la pregunta se pudo haber evitado; es más que obvio que aquél que consulte a un psicólogo tiene algo, que está mal de algo, ¿no? Sin embargo, pese a que la pregunta me parece absurda, creo que ha funcionado, puesto que ha permitido que yo diera toda esta respuesta. Me pregunto qué pasará con las personas que no responden tanta cosa como yo, o con aquellas que de plano no contestan nada.
– Cada paciente es diferente, la pregunta no siempre es igual, pese a que casi siempre es la misma. Como usted ya lo ha notado, funciona porque, no es que estén mal todos lo que visitan al psicólogo, esa es una afirmación arriesgada; pero sí todos buscan a alguien que pueda escucharlos.
– En eso se equivoca, mi estimada doctora. Yo no busco que nadie me escuche.
– Entonces, cuál es el motivo oculto de su visita.
– Usted está en mi sueño. Sí, en serio, no ponga esa cara. Usted está en mi sueño y por eso vengo a verle, para que me diga qué pasa.
– Me sorprende. ¿Ya antes habíamos charlado?
– No. En ninguna otra circunstancia; o por lo menos no en alguna que recuerde.
– Pues comencemos, ¿quién soy en su sueño? ¿qué hago?
– Pues mire usted. Hace cerca de dos años comencé con algunos sueños que me parecían extraños. Soñaba constantemente con una exnovia, bueno, realmente no fue mi novia, pero sí la quise bastante. Le decía, la sueñé, pero el sueño nunca se repitió; por el contrario, siempre fue uno distinto. Aunque no recuerdo todos, sé que así fue. ¿No le sorprende que lo diga de este modo, verdad? Haga cuentas, setecientos treinta sueños diferentes. Si hubiera soñado un año más, rebasaba por mucho a las mil y una noches.
– Tiene razón, no lo había visto así ¿Recuerda alguno de ellos?
– Sí, algunos. En uno soñé que ella moría y yo la visitaba en su tumba. Ya sabe, cosa medio romántica. En otro, soñé que las frutas del mercado me la recordaban y me aventaba a ellas para hacerles el ritual de la sensualidad; obvio terminaba preso por crímenes contra el pudor y las buenas costumbres. Hay uno que me dio bastante risa, soñé que la encontraba en Tehuacán por azares de la vida, trabajando en una tienda de autoservicio, ¿quiere saber cuál? En esa que tiene nombre euskera, de grito etarra: ¡adelante! Pero no me mire así, hasta yo lo sé, parece una obsesión; aunque, si la hubiese conocido, estoy seguro que su opinión sería distinta.
– No se preocupe, estoy tratando de entender cómo entra una imagen como la mía en su sueño.
– ¡Ah! Pero la cosa no acaba ahí. Verá usted, soñé con una hija que me buscaba en la universidad. Soñé con unas esculturas que aventaba al río san Francisco. Soñé un libro en donde ella estaba encriptada, era la historia oculta de Caperucita Roja, yo le llamaba Alycandro. Jaja, sí es gracioso, ¿no?
– ¿Y dónde aparezco yo?
– Espéreme, debo decirle un último. Soñé que moría.
– ¿Cómo moría?
– Pues era una cosa sin dolor, sabe. Un día me atropellaban y caía en coma, en ese estado en el que no podía salir, era ella quien me devolvía al mundo de los muertos.
– ¿Cómo, la exnovia le decía que ya se muriera?
– ¡No! Sólo me cantaba algo y con eso yo daba el paso hacia el otro mundo.
– Ok, ¿Dónde aparezco?
– Ahí, doctora. Mientras moría otro sueño apareció hacia adentro de ese. Usted caminaba por el callejón Lennon hasta la Casa Amarilla. Usted estudia ahí, ¿no es cierto?
– Sí…
– Bueno, yo veía su caminar, pero no sabría decirle desde qué punto. En el sueño la miraba desde todos los ángulos. Su cabeza baja al caminar y su cabello rojo, lo único a color, que extrañamente permanecía quieto ante el aire que se percibía en lo contextual. A la entrada, alguien la saludaba por su nombre, Meche; y luego preguntaba si esa tarde daría terapia.
– ¿Recuerda si en su sueño aparecía algún número, alguna fecha?
– Sí, lo recuerdo. Sacó su celular y en la pantalla se observó la fecha: cuatro de agosto de dos mil cuarenta y cinco, eran las once de la mañana y usted había llegado retrasada a una clase con un tal Enrique. ¿Estoy cierto?
– ¿Jura de verdad que fue un sueño? ¿A mí me parece extraño que sepa todo eso? Creo que llamaré a seguridad porque sinceramente me estoy incomodando ya bastante con su plática.
– ¡No, por favor! Créame que a mí también me intriga. Yo a usted ni la sigo ni la había visto antes. Cierto, estudié letras, pero eso fue muchísimo antes de siquiera haber coincidido. Permítame acabar.
– Lo haré, pero le advierto que no estoy sola y que si intenta algo, la pasará muy mal. Y dejemos algo en claro, ya no es usted mi paciente y por seguridad apretaré el botón de alerta para que nos estén monitoreando.
– Perfecto, doctora. Por mí no hay problema. Si con eso se siente segura y me permite acabar, adelante.
– Entonces dígame, que más pasó en ese supuesto sueño.
– Pues bien, como le decía, los números parecieron y en ellos también pude saber su número de contacto cuando revisó sus citas en la agenda. Luego entró a una aburridísima clase de fenomenología en la que, le juro, no sé si todos asentían por querer que ya acabara, o porque de plano la locura de ese señor era tal, que era mayor el temor a contradecirlo que a ponerle en claro que estaba diciendo mucha cosa sin sentido. Pues bien, ese día usted no tomó notas, en cambio dibujó en su carpeta. Por eso realmente estoy aquí, usted dibujó una calavera con un colibrí y unas flores donde apoyaba las patas; sin embargo, eso fue un símbolo. Como era mi propio sueño, necesariamente la clavera tenía que relacionarse con la muerte que acabada de tener en el nivel anterior; el colibrí fue difícil pero logré saber qué significaba, era mi escudo, el guerrero, ya sabe a qué me refiero, a Huitzilopochtli; entonces me pregunté ¿debo luchar por vivir? o ¿debo emprender el vuelo y dejar mis fortalezas a quienes se quedan en el mundo vivo? ¿Dejar las flores, la belleza que admiré del mundo, de las mujeres? ¿Soltarme del recuerdo que me mantenía en Sarai? La miré a los ojos y ahí el sueño terminaba.
– ¿Quiere respuestas a esas preguntas?
– Quiero saber por qué está usted en mi sueño de muerto con ese símbolo.
– Sinceramente no creo poder explicarlo. De hecho no creo que alguien pueda. Sin embargo, déjeme decirle que existe una posibilidad de que yo sea un conjunto de imágenes femeninas, las cuales se han proyectado a su mente consciente.
– ¿Con todo y el nombre, el dato de contacto con el que agendé esta cita?
– Tiene razón, eso ya no cabe en la explicación. ¿No querrá sugerir que esto le parece también un sueño, verdad?
– No quisiera, pero si ese sueño acaba de pronto y yo amanezco en esta ciudad como si nada; ¿qué nos asegura que realmente no estamos en loops interminables de sueños tras sueños?
– Tranquilo, esa pregunta parece fácil de responder. Verá, desde mi punto de vista usted teme estar soñando y no vivir la realidad. Esto se debe a que los sueños han sido tan lúcidos que ahora no sabe si esto es despertar o dormir. Sin embargo, le daré una respuesta que espero le deje tranquilo. Yo estoy muy segura de esto no es un sueño, pero si lo fuera, en lugar de preocuparme por si es o no; asumiría que esta es la realidad en la que estoy viviendo, como quiera que entendamos eso, y seguiría con la vida tal cual lo plantee esta realidad. Dese cuenta, siempre es mejor que la vida sea tranquila a que tengamos esos problemas de realidad. Cuál me dijo su nombre.
– Pool, Pool DunkelBlau. Tiene razón doctora. Es usted la curadora, la hechicera, tal vez.
– No sé, pero como le decía, Pool, esto no podría ser otro sueño, porque eso implicaría que usted está soñando mis diálogos, y estoy segura que no sabe qué voy a decir en los próximos minutos.
– Tiene razón, no lo sé. Pero ¿entonces qué pasa? ¿A caso mi inconsciente me mandó hasta usted para salir de mi obsesión? ¿Será que Carl Jung tenga razón y entre usted y yo exista una conexión causal inexplicable en términos lógicos o físicos? Usted disculpe lo que diré ahora, al entrar noté que es muy bonita, estuve pensando que la mente busca sanar mis recuerdos en la superposición de una nueva imagen o paradigma de belleza.
– No creo, eso lo hubiera notado desde el sueño, cuando me miró al final de él.
– Cierto.
– Sabe, el dibujo que vio en su sueño existe, sólo que ya no lo tengo yo. Lo hice para un amigo que quise mucho y que yo decía estaba loquito, de cariño. Se llamaba Emilho Cabanhas, no sé qué haya sido de su vida.
– Mire qué interesante, si el dibujo le recordó a su amigo, lo más seguro es que esa persona también haya padecido el mal del Lobo Feroz.
– ¿Cuál es ese mal?
– Querer en demasía a alguien menor y tras su partida sentirse devastado. Muerto.
– Sí, creo que también lo padecía. Pero ¿cómo hace ese enlace?
– Es fácil, doctora. La calavera también es la edad y contrasta con el colibrí, que es la juventud, el vuelo, la libertad. Así la calavera es lo estable, la prisión, la vejez. En tanto que las flores son el enlace entre ambos, por lo que entonces serían el cariño, el amor, el sexo, o toda aquella circunstancia por la que el colibrí jovial, se acerque a la calavera avejentada. El uno aproximarse al prejuicio inocente de la jovialidad, la otra acercarse peligrosamente a la tentación de una experiencia sensible distinta. Eso es el mal del Lobo Feroz, según yo.
– Es interesante su postura, pero no la comparto. Espere, alguien llama. Adelante, está abierto. ¿Qué pasa, Jan?
– ¿Estás bien, Meche? Encendiste la alarma.
– De nuevo la pregunta, ¿ve? ¡Qué chistoso, doctora!
– Sí, bien. Todo va tranquilo.
– ¿Meche? Estás sentada como si estuvieras dando terapia.
- Sí. Eso hago.
– ¿Y con quién sesionas? Has encendido la alarma y te hemos visto sentada ahí hablándole al sillón. Meche ¿acompáñame, por favor? No hay nadie más en esta habitación.
– No bromees, Jan, el señor DunkelBlau está sentado ahí, si tú me dices que no hay nadie, gritaré, porque ya me estoy poniendo muy nerviosa.
– ¡Exacto, doctora! ¡Esa es la explicación! ¡Ahora lo veo! ¡Usted es la Hechizera! ¡Claro, doctora, el héroe llega con la Hechicera para deshacer el maleficio, como en Propp!...
– No hay nadie contigo, Meche, más que yo…
– ¡Doctora! ¡Yo sigo soñando, pero usted está aquí verdaderamente! ¡Tiene que liberarme! ¡Usted es la hechicera de la psique!
– Meche, vamos.
– ¡Ande, doctora, libéreme! ¡No se vaya! ¡Libéreme!
– Ok, Pool, escucha bien…
– ¿Meche?
– ¡Vamos, Hechicera!
– ¿Meche?
– Pool, ¡despierta!

            El eco distorsionado abrió los ojos de DunkelBlau. En la sala había poco más de siete personas; preguntó: ¿me dormí? Perdón. Tomó una hoja: Bueno, apunten sus nombres, por favor. Por apellidos. Cada vez somos menos, aunque siempre hay rostros nuevos, cómo te llamas tú, ¿cómo?, ah, ok. Pues bienvenida al curso, Sarai. No se olviden de la fecha: febrero veintidós de dosmil… Llamaron a la puerta, era la nueva psicóloga de la escuela: Profe, podemos pasar; Claro; Chicos, les presento a la maestra Mercedes, ella se encargará del departamento de psicología de la escuela, cualquier asunto en ese sentido, pueden dirigirse a ella; Bienvenida maestra. Las miradas cruzaron como si en ellos algo percutiera la memoria. Me parece conocida; Sí, a mí también. La chica nueva se acercó a DunkelBlau, pero este salió detrás de la psicóloga. Sarai y DunkelBlau, jamás volverían a encontrarse, ni en ese contexto, ni en otras realidades.

(Aguilar Sánchez, Paul (Pool DunkelBlau), "La Femme: La Hechicera" (Colección inédita de Cuentos)

viernes, 17 de marzo de 2017

Presentación de "Mutantografías"


Este 22 de marzo, a la una de la tarde, se presentará la edición en papel de este proyecto. El evento será parte de las actividades de la Feria del Libro de la BUAP, en el centro de seminarios del Complejo Cultura Universitario. Saludos a todos.