domingo, 9 de abril de 2017

La Hechicera


A Mercedes Toxqui


La cabeza de un hombre asomó por la puerta y en su rostro ya se notaba la cautela con que iría a decir:
– M… Buenos días, ¿se puede pasar?
– Claro, pase, ¿cómo está?
La sonrisa en ella permaneció mientras él se acomodaba en un sillón. Él miró los objetos que estaban cerca, el piso y luego devolvió la mirada a la doctora. También sonrió.
– Qué curioso ¿no le parece? O sea, no de curiosidad, sino de inquietante, de interesante.
– Perdón, no le entiendo…
– Sí, mire. Entro y lo primero que pregunta es algo que ya sabe “¿Cómo está?”, o ¿acaso esa pregunta sirve para medir qué tan mal está el paciente? Desde mi punto de vista la pregunta se pudo haber evitado; es más que obvio que aquél que consulte a un psicólogo tiene algo, que está mal de algo, ¿no? Sin embargo, pese a que la pregunta me parece absurda, creo que ha funcionado, puesto que ha permitido que yo diera toda esta respuesta. Me pregunto qué pasará con las personas que no responden tanta cosa como yo, o con aquellas que de plano no contestan nada.
– Cada paciente es diferente, la pregunta no siempre es igual, pese a que casi siempre es la misma. Como usted ya lo ha notado, funciona porque, no es que estén mal todos lo que visitan al psicólogo, esa es una afirmación arriesgada; pero sí todos buscan a alguien que pueda escucharlos.
– En eso se equivoca, mi estimada doctora. Yo no busco que nadie me escuche.
– Entonces, cuál es el motivo oculto de su visita.
– Usted está en mi sueño. Sí, en serio, no ponga esa cara. Usted está en mi sueño y por eso vengo a verle, para que me diga qué pasa.
– Me sorprende. ¿Ya antes habíamos charlado?
– No. En ninguna otra circunstancia; o por lo menos no en alguna que recuerde.
– Pues comencemos, ¿quién soy en su sueño? ¿qué hago?
– Pues mire usted. Hace cerca de dos años comencé con algunos sueños que me parecían extraños. Soñaba constantemente con una exnovia, bueno, realmente no fue mi novia, pero sí la quise bastante. Le decía, la sueñé, pero el sueño nunca se repitió; por el contrario, siempre fue uno distinto. Aunque no recuerdo todos, sé que así fue. ¿No le sorprende que lo diga de este modo, verdad? Haga cuentas, setecientos treinta sueños diferentes. Si hubiera soñado un año más, rebasaba por mucho a las mil y una noches.
– Tiene razón, no lo había visto así ¿Recuerda alguno de ellos?
– Sí, algunos. En uno soñé que ella moría y yo la visitaba en su tumba. Ya sabe, cosa medio romántica. En otro, soñé que las frutas del mercado me la recordaban y me aventaba a ellas para hacerles el ritual de la sensualidad; obvio terminaba preso por crímenes contra el pudor y las buenas costumbres. Hay uno que me dio bastante risa, soñé que la encontraba en Tehuacán por azares de la vida, trabajando en una tienda de autoservicio, ¿quiere saber cuál? En esa que tiene nombre euskera, de grito etarra: ¡adelante! Pero no me mire así, hasta yo lo sé, parece una obsesión; aunque, si la hubiese conocido, estoy seguro que su opinión sería distinta.
– No se preocupe, estoy tratando de entender cómo entra una imagen como la mía en su sueño.
– ¡Ah! Pero la cosa no acaba ahí. Verá usted, soñé con una hija que me buscaba en la universidad. Soñé con unas esculturas que aventaba al río san Francisco. Soñé un libro en donde ella estaba encriptada, era la historia oculta de Caperucita Roja, yo le llamaba Alycandro. Jaja, sí es gracioso, ¿no?
– ¿Y dónde aparezco yo?
– Espéreme, debo decirle un último. Soñé que moría.
– ¿Cómo moría?
– Pues era una cosa sin dolor, sabe. Un día me atropellaban y caía en coma, en ese estado en el que no podía salir, era ella quien me devolvía al mundo de los muertos.
– ¿Cómo, la exnovia le decía que ya se muriera?
– ¡No! Sólo me cantaba algo y con eso yo daba el paso hacia el otro mundo.
– Ok, ¿Dónde aparezco?
– Ahí, doctora. Mientras moría otro sueño apareció hacia adentro de ese. Usted caminaba por el callejón Lennon hasta la Casa Amarilla. Usted estudia ahí, ¿no es cierto?
– Sí…
– Bueno, yo veía su caminar, pero no sabría decirle desde qué punto. En el sueño la miraba desde todos los ángulos. Su cabeza baja al caminar y su cabello rojo, lo único a color, que extrañamente permanecía quieto ante el aire que se percibía en lo contextual. A la entrada, alguien la saludaba por su nombre, Meche; y luego preguntaba si esa tarde daría terapia.
– ¿Recuerda si en su sueño aparecía algún número, alguna fecha?
– Sí, lo recuerdo. Sacó su celular y en la pantalla se observó la fecha: cuatro de agosto de dos mil cuarenta y cinco, eran las once de la mañana y usted había llegado retrasada a una clase con un tal Enrique. ¿Estoy cierto?
– ¿Jura de verdad que fue un sueño? ¿A mí me parece extraño que sepa todo eso? Creo que llamaré a seguridad porque sinceramente me estoy incomodando ya bastante con su plática.
– ¡No, por favor! Créame que a mí también me intriga. Yo a usted ni la sigo ni la había visto antes. Cierto, estudié letras, pero eso fue muchísimo antes de siquiera haber coincidido. Permítame acabar.
– Lo haré, pero le advierto que no estoy sola y que si intenta algo, la pasará muy mal. Y dejemos algo en claro, ya no es usted mi paciente y por seguridad apretaré el botón de alerta para que nos estén monitoreando.
– Perfecto, doctora. Por mí no hay problema. Si con eso se siente segura y me permite acabar, adelante.
– Entonces dígame, que más pasó en ese supuesto sueño.
– Pues bien, como le decía, los números parecieron y en ellos también pude saber su número de contacto cuando revisó sus citas en la agenda. Luego entró a una aburridísima clase de fenomenología en la que, le juro, no sé si todos asentían por querer que ya acabara, o porque de plano la locura de ese señor era tal, que era mayor el temor a contradecirlo que a ponerle en claro que estaba diciendo mucha cosa sin sentido. Pues bien, ese día usted no tomó notas, en cambio dibujó en su carpeta. Por eso realmente estoy aquí, usted dibujó una calavera con un colibrí y unas flores donde apoyaba las patas; sin embargo, eso fue un símbolo. Como era mi propio sueño, necesariamente la clavera tenía que relacionarse con la muerte que acabada de tener en el nivel anterior; el colibrí fue difícil pero logré saber qué significaba, era mi escudo, el guerrero, ya sabe a qué me refiero, a Huitzilopochtli; entonces me pregunté ¿debo luchar por vivir? o ¿debo emprender el vuelo y dejar mis fortalezas a quienes se quedan en el mundo vivo? ¿Dejar las flores, la belleza que admiré del mundo, de las mujeres? ¿Soltarme del recuerdo que me mantenía en Sarai? La miré a los ojos y ahí el sueño terminaba.
– ¿Quiere respuestas a esas preguntas?
– Quiero saber por qué está usted en mi sueño de muerto con ese símbolo.
– Sinceramente no creo poder explicarlo. De hecho no creo que alguien pueda. Sin embargo, déjeme decirle que existe una posibilidad de que yo sea un conjunto de imágenes femeninas, las cuales se han proyectado a su mente consciente.
– ¿Con todo y el nombre, el dato de contacto con el que agendé esta cita?
– Tiene razón, eso ya no cabe en la explicación. ¿No querrá sugerir que esto le parece también un sueño, verdad?
– No quisiera, pero si ese sueño acaba de pronto y yo amanezco en esta ciudad como si nada; ¿qué nos asegura que realmente no estamos en loops interminables de sueños tras sueños?
– Tranquilo, esa pregunta parece fácil de responder. Verá, desde mi punto de vista usted teme estar soñando y no vivir la realidad. Esto se debe a que los sueños han sido tan lúcidos que ahora no sabe si esto es despertar o dormir. Sin embargo, le daré una respuesta que espero le deje tranquilo. Yo estoy muy segura de esto no es un sueño, pero si lo fuera, en lugar de preocuparme por si es o no; asumiría que esta es la realidad en la que estoy viviendo, como quiera que entendamos eso, y seguiría con la vida tal cual lo plantee esta realidad. Dese cuenta, siempre es mejor que la vida sea tranquila a que tengamos esos problemas de realidad. Cuál me dijo su nombre.
– Pool, Pool DunkelBlau. Tiene razón doctora. Es usted la curadora, la hechicera, tal vez.
– No sé, pero como le decía, Pool, esto no podría ser otro sueño, porque eso implicaría que usted está soñando mis diálogos, y estoy segura que no sabe qué voy a decir en los próximos minutos.
– Tiene razón, no lo sé. Pero ¿entonces qué pasa? ¿A caso mi inconsciente me mandó hasta usted para salir de mi obsesión? ¿Será que Carl Jung tenga razón y entre usted y yo exista una conexión causal inexplicable en términos lógicos o físicos? Usted disculpe lo que diré ahora, al entrar noté que es muy bonita, estuve pensando que la mente busca sanar mis recuerdos en la superposición de una nueva imagen o paradigma de belleza.
– No creo, eso lo hubiera notado desde el sueño, cuando me miró al final de él.
– Cierto.
– Sabe, el dibujo que vio en su sueño existe, sólo que ya no lo tengo yo. Lo hice para un amigo que quise mucho y que yo decía estaba loquito, de cariño. Se llamaba Emilho Cabanhas, no sé qué haya sido de su vida.
– Mire qué interesante, si el dibujo le recordó a su amigo, lo más seguro es que esa persona también haya padecido el mal del Lobo Feroz.
– ¿Cuál es ese mal?
– Querer en demasía a alguien menor y tras su partida sentirse devastado. Muerto.
– Sí, creo que también lo padecía. Pero ¿cómo hace ese enlace?
– Es fácil, doctora. La calavera también es la edad y contrasta con el colibrí, que es la juventud, el vuelo, la libertad. Así la calavera es lo estable, la prisión, la vejez. En tanto que las flores son el enlace entre ambos, por lo que entonces serían el cariño, el amor, el sexo, o toda aquella circunstancia por la que el colibrí jovial, se acerque a la calavera avejentada. El uno aproximarse al prejuicio inocente de la jovialidad, la otra acercarse peligrosamente a la tentación de una experiencia sensible distinta. Eso es el mal del Lobo Feroz, según yo.
– Es interesante su postura, pero no la comparto. Espere, alguien llama. Adelante, está abierto. ¿Qué pasa, Jan?
– ¿Estás bien, Meche? Encendiste la alarma.
– De nuevo la pregunta, ¿ve? ¡Qué chistoso, doctora!
– Sí, bien. Todo va tranquilo.
– ¿Meche? Estás sentada como si estuvieras dando terapia.
- Sí. Eso hago.
– ¿Y con quién sesionas? Has encendido la alarma y te hemos visto sentada ahí hablándole al sillón. Meche ¿acompáñame, por favor? No hay nadie más en esta habitación.
– No bromees, Jan, el señor DunkelBlau está sentado ahí, si tú me dices que no hay nadie, gritaré, porque ya me estoy poniendo muy nerviosa.
– ¡Exacto, doctora! ¡Esa es la explicación! ¡Ahora lo veo! ¡Usted es la Hechizera! ¡Claro, doctora, el héroe llega con la Hechicera para deshacer el maleficio, como en Propp!...
– No hay nadie contigo, Meche, más que yo…
– ¡Doctora! ¡Yo sigo soñando, pero usted está aquí verdaderamente! ¡Tiene que liberarme! ¡Usted es la hechicera de la psique!
– Meche, vamos.
– ¡Ande, doctora, libéreme! ¡No se vaya! ¡Libéreme!
– Ok, Pool, escucha bien…
– ¿Meche?
– ¡Vamos, Hechicera!
– ¿Meche?
– Pool, ¡despierta!

            El eco distorsionado abrió los ojos de DunkelBlau. En la sala había poco más de siete personas; preguntó: ¿me dormí? Perdón. Tomó una hoja: Bueno, apunten sus nombres, por favor. Por apellidos. Cada vez somos menos, aunque siempre hay rostros nuevos, cómo te llamas tú, ¿cómo?, ah, ok. Pues bienvenida al curso, Sarai. No se olviden de la fecha: febrero veintidós de dosmil… Llamaron a la puerta, era la nueva psicóloga de la escuela: Profe, podemos pasar; Claro; Chicos, les presento a la maestra Mercedes, ella se encargará del departamento de psicología de la escuela, cualquier asunto en ese sentido, pueden dirigirse a ella; Bienvenida maestra. Las miradas cruzaron como si en ellos algo percutiera la memoria. Me parece conocida; Sí, a mí también. La chica nueva se acercó a DunkelBlau, pero este salió detrás de la psicóloga. Sarai y DunkelBlau, jamás volverían a encontrarse, ni en ese contexto, ni en otras realidades.

(Aguilar Sánchez, Paul (Pool DunkelBlau), "La Femme: La Hechicera" (Colección inédita de Cuentos)

viernes, 17 de marzo de 2017

Presentación de "Mutantografías"


Este 22 de marzo, a la una de la tarde, se presentará la edición en papel de este proyecto. El evento será parte de las actividades de la Feria del Libro de la BUAP, en el centro de seminarios del Complejo Cultura Universitario. Saludos a todos.

jueves, 16 de febrero de 2017

Un célebre Escultor

A ti

Tienes razón, mereces restaurar tu fama y, ahora que lo pienso, no debí dejar que esto que ahora soy afectara tu vida. Sin embargo tampoco puedes decir que todo es culpa mía, reparte algo para la gente que participó de esto, también es culpable. Yo no fui por ahí diciéndoles ¡vengan! ¡el arte llegó!, quizás en eso debas, por lo menos, disculparme. Pero pídete algo que la historia es larga, aunque es necesario contarla toda para que así, o me salves, o me condenes.
            Mucho tiempo después de que lo nuestro terminara, recuerdo haber pasado  por  periodos súper infértiles para la escritura. Había días en los que prefería no ir al trabajo para dejar que algo en mí fluyera hacia el papel. Sé que suena a cliché, pero recuerda que, siempre que escribía, lo hacía sobre la hoja clara y dócil, porque me molestaba no ver los tachones sobre mis palabras fatuas, las flechas dirigiendo los enlaces entre las líneas o los párrafos, los asteriscos destacando las ideas con potencial, etc. Quizás el malestar era un pensamiento absurdo sobre la perfección; no ver mis errores significaba no ser consciente de ellos y por lo tanto, el escribir directo sobre la computadora, resultaba aberrante para alguien como yo que pretendía llegar a ser un escritor. Nada, el vacío creador estaba vacío. Miraba las hojas nacaradas sin rayones siquiera, la pluma muerta sobre la mesita que hacía de escritorio y pensaba en una lápida de celulosa recostada sobre el cementerio plástico en espera de un epitafio boligrafiado. Sí, eso pensé, pero no pude escribirlo.
            Acepté el fracaso y volví a mis labores docentes tras un incidente que tuve en el mercado. Ya habrá tiempo para contarte eso. Fue el 20 de febrero de 2030 cuando nuestras famas se cruzaron, porque sin saberlo tú ni yo, en ese día comenzaba nuestra historia como célebres personajes de esta hípster ciudad. Desperté muy de madrugada, los ojos súper hinchados y difíciles de abrir, entre las sombras caminé hasta el baño y encendí la luz. Me dispuse a despojarme de ese dolor estomacal que provocó dos pesadillas seguidas en esa noche. Pujé con los ojos cerrados y aún medio dormido, el alivio a la indigestión que tensaba mis músculos abdominales me generaba un quejido hondo y duradero que me hacía llorar y escurrir la nariz como de tristeza. ¡Vaya que sería tristeza! Sin saber cómo, regresé a la cama. Horas después desperté con el ruido incesante del gas, eran las diez, tenía que levantarme y conseguir algo para desayunar que no fuera tan pesado, pero era tarde para todo, quizás en el camino algo calmara el hambre mañanera. Corrí a las clases en la Facultad de Lenguas. Sé que ese día no di todo lo que podía para con mis estudiantes, la resaca muscular amenazaba con retortijones mi estómago constantemente, sentía que la consistencia fecal en mis entrañas cambiaba de estado material y me decía hacía dentro: cómo nunca ocupé esto como ejemplo de los fluidos líquidos y gaseosos cuando trabajé en la SEP.
            De regreso a casa tuve un retortijón tan fuerte que dudé de mi capacidad adulta para controlar la salida voluntaria de caca, boté todo sobre los sillones y tomé una antología de poetas, así de gruesa, mira. Supuse que este nuevo malestar me haría pasar otros quince minutos en el baño. Cuando abrí la puerta miré el fondo del escusado y recordé que había olvidado jalar la palanca en la madrugada. Justo en ese momento hice el descubrimiento. Obviamente, primero no lo creí, carcajada tras carcajada me hicieron llorar de pura risa recordando que con los amigos siempre decía: te voy a clonar, me saliste igualito, copetudo como el presidente. Reí sin parar y ya para entonces el malestar que traía se me había olvidado. Tenía que contárselo a alguien. Le hablé a René: ven wey, hay algo importante que quiero que veas. Tras varias negativas, aceptó llegar por la tarde-noche, mientras tanto clausuré mi baño y procuré no tomar muchos líquidos.
            Cuando llegó se la pasó mirando las paredes pensando que en ellas se encontraba lo que debía ver. Por fin, cerca de las diez y después de algunas Weizen, le dije: ¿ya quieres ver mi “obra” de arte? Fuimos al baño, abrió bien los ojos e incrédulamente me regresó la mirada: ¡no mames!; Ahí está, wey, tú la estás viendo; No, wey, no mames, ¿es falsa, no?; No, es mi caca hecha arte, wey; ¡No mames!... Reímos toda la noche haciendo chistes, recordando todas las veces en que comparábamos gente con el excremento; resignificando el hecho de decirle a alguien que es una mierda, dijimos que la coincidencia con el día era mero producto del azar, aunque ya en su nombre llevaba la penitencia: miércoles; y así nos la gastamos ese 20 de febrero de 2030 hasta altas horas de la noche.
            Meses después, en una reunión con el Rector, se dijo que debíamos buscar nuevas formas de promocionar el arte en la universidad aparte de las que ya existían, y que esta inquietud era consecuencia de su hartazgo sobre tanta cosa expuesta en los espacios culturales de la universidad y que no se producía hacia dentro de ella. Agaché la mirada de aburrimiento y de reojo miré una mano levantarse, la voz dijo: Doc, yo conozco un escultor poblano, si usted me lo permite, puedo ver si aún sigue trabajando en la universidad. Nuestras miradas se cruzaron y me guiñó al tiempo que el Doctor le decía: adelante, René… En el estacionamiento, antes de despedirnos, me pidió que me preparara para presentarle algo al Doctor, obviamente me extrañó su comentario y sentí una ligera burla que no supe si enojarme o sonreír: Mira, DunkelBlau – a veces era muy propio conmigo –, si no fuera yo tu amigo, ni te conociera como hasta ahora, no adivinaría que lo de la vez pasada te ha obsesionado, ¿o no?, es más, estoy seguro de que has pensado en cómo hacer otras estatuillas, lo único que no te adivino es si ya lo hiciste, pero, mira, tómalo como una puerta hacia lo que buscas como artista, porque yo puedo llegar con el Doc y decirle que no encontré al escultor pero, en cambio, te he encontrado a ti, ¿ves?... Tenía, de cierto modo, razón. En primer lugar sí lo había pensado, y en segundo lugar, aunque suene muy asqueroso, aún conservaba esa estatuilla.
            Comimos en mi casa la tarde del 16 de mayo para celebrarnos, como de costumbre, el día del maestro; éramos unas quinceañeras que entre bromas, Brandy y demás referíamos constantemente a la estatuilla. Ebrios decíamos ¡Salud por la gran mierda! ¡Más miércoles como éste! ¡¿Qué mierda hiciste?! Y las carcajadas estridentes escapaban por las ventanas como otrora cuando nuestra juventud vital nos permitía beber sin parar y salir a la calle nocturna, a brindar con los de la basura o a divertirnos en las pulquerías del mercado Hidalgo; ¡ah! ¡las amistades que uno hace de borracho! Regresó del baño y preguntó por ella. Por supuesto la tenía guardada. Había sido difícil (bueno, no, complicado) sacarla del escusado sin maltratar su fragilidad pastosa. Con guantes y esponja retiré los líquidos hasta poder meter una espátula plástica que de un solo movimiento trajo consigo a la estatuilla. Le adecué una base de madera y para que perdiera la repulsiva vista que tenía en color café, le puse una capa fina de cal, la cual también le ayudó como desodorante. René la miró sorprendido dentro de un nicho y me dijo: ¡me cae que estás re toto! ¿has hecho más?; No, desgraciadamente no han salido más; Cómo que salido; Sí, yo no la hice realmente, salió solita; Pues, mi amigo Dun, tú que eres un chingón para la investigación, a ver si te averiguas cómo le hiciste para que saliera.
            Hasta aquí las mentes sanas abandonarían. Pensar en algo semejante, como el descubrir cómo un ano puede modelar figurillas de caca con la impresión de la voluntad humana, sobrepasa los límites del chiste vulgar, insano y repugnante. Incluso podría pensar ahora que, ni a los positivistas les hubiera gustado conocer las causas últimas de este fenómeno. Sin embargo, creo que por seguirle el juego a mi amigo, realicé alguna serie de experimentos con mis alimentos y bebidas. Lo que sí descubrí, y sin que se relacionara directamente con las estatuillas, fue que las dietas pueden seguirse; comí vegetales, carnes, pastas, garnachas, tacos, y bebí cuanto líquido me encontré en casa: agua, refresco, huachicol, tiburón, pulque, café, etc. Todo infructífero, porque lo que nunca supe, incluso hasta ahora, fue cómo hacer que mi voluntad moldeara una u otra estatuilla. Sin embargo, por esos días de ociosidad, recuerdo haber escrito unas líneas a propósito de mis experimentos: Polvo de serpiente arrastrando sus esporas en el cuerpo inútil de mi flora; sin salida mas con sangre, atrapada en el laberinto inmóvil del duodeno, como magia desgastada por los malos hechizos del pinaverio. Pesadilla a urdir en los rincones dejame morir como mueren los salvajes de mi carne, quiero pelearte frente a frente con la espada de subacetato de aluminio y ganarte la batalla con las semillas de hidrocortisona.
            El sábado ocho de junio descubrí sensaciones extrañas que me avisaban de otra creación. No sé bien cómo explicarlo, hubo movimientos abdominales que tensaban y distendían mi estómago, también pausas determinadas durante la excreción que fueron acompañadas de quejidos a boca cerrada y sobretodo hubo la sensación de un flujo lento y materialmente consistente que caía; pero más extraña te parecerá mi reacción, porque era imposible no disfrutar del momento en que nos despojamos de lo inútil del cuerpo, dejar que las lágrimas nazcan y agüen la mirada clavada en los azulejos… Pop. Salió de mí, efectivamente, mi clon miniaturizado.
            Serios ante el Rector, mostramos mis eses caleadas en un nicho de cristal que les daba un toque de fragilidad artística inigualable. Admirado por el detalle de los rostros, el cabello y las ropas, dijo no haber visto nada tan interesante como hasta ese día. Me ofrecieron exponer en una galería del centro de la ciudad y para entonces tenía unas veinte estatuillas de las que, te lo juro, no sé ni por qué salían de mí. Entre becarios y personal de la universidad montamos las esculturas de tal modo que permitían observar los detalles que tanto habían gustado al Rector. En los primeros días la afluencia fue poca, sobre todo porque omití dar noticias de esto a los amigos artistas, no quería que supieran nada de mi falsa incursión en la escultura; sin embargo, la noticia corrió por aquí y por allá y de pronto me vi envuelto por personas que ni conocía y que buscaban conversar cuestiones de arte. ¡Qué aburridos! De pronto uno ve a la gente caminando por entre la exposición hablando de lo que observan y de lo que no, de lo que imaginan, de lo que creen, de lo que suponen que es el arte. Sobre todo aquellos que buscan explicarlo todo, ridículos con lentes de pasta y amigos de todo lo bueno, veganos, animalistas, ecologistas, creyentes de la democracia y de la justicia, ¡qué fastidio! Intelectualoides que en sus palabras adoran la intimidad de Cleopatra. Ante tal fenómeno, la repugnancia de mis esculturas fecales era mínima.
            Esa exposición duró dos meses y mi fama creció lentamente igual de repugnante como mis eses. Entrevistas, conferencias, aplausos, críticas…; yo no buscaba eso. En septiembre, una voz al teléfono me ofreció comprarme las esculturas – lo siento, no están a la venta –, pero insistió y le dije que marcara más tarde. De verdad quedé sorprendido de que alguien quisiera comprarme mi caca, aunque reparé en el hecho de que nadie, excepto René, sabía que esas no eran esculturas normales; así que pensé en la cantidad más exorbitante que pudiera imaginar a fin de quitarle los ánimos al comprador. Pediría medio millón de dólares por la estatuilla que quisiera. ¿Adivinas lo que pasó? Sí, me compró mi caca por medio millón, sin regatear; y yo le envié por paquetería hasta Guadalajara la escultura del Papa tropezando en una escalinata. No sé si esta persona pasó mis datos y el precio, pero a la semana comenzaron a llamar otras personas con intenciones de compra. Siempre me negaba y siempre terminaba aceptando. Vendí por diversos precios las esculturas fecales y hasta la fecha no sé a dónde habrán ido a parar todas. Sólo conservé las dos primeras.
            Un viernes antes de tu aniversario recibí una llamada en la que me pedían presentarme en el juzgado acusado de estafa. No entendía de qué se trataba, pregunté: segura que no se equivocó de número; No, señor, es urgente. Al llegar a la sala de los juicios orales, dos personas estaban frente al juez y el policía. Uno de ellos era un tipo obeso, moreno, avejentado, con un lunar grande en la frente y una sonrisa grotesca tipo Diego Rivera; me acusaba de estafarlo al venderle una escultura de material dudoso que no resistió el paso de un trapo con el que buscó limpiar un enmohecimiento sobre la misma. Mi defensa fue simple al principio, al aclarar que por eso las esculturas se entregaban dentro de un nicho y que posiblemente la humedad se debía al lugar en donde se colocó. Le dije al juez que el trabajo era una cosa fina, pero que no requería de cuidados especiales más allá de permanecer dentro de su cajita de cristal. Entre dimes y diretes hablamos por cerca de una hora hasta que al abogado se le ocurrió traer la escultura. El juez la revisó y resaltó un olor extraño, preguntó si era yeso o algún tipo de cemento blanco: No, señor juez, pero es un material frágil; Puede decirnos qué es; – Con tono semi-serio, dije – claro que no, no puedo revelar los materiales con que mi escultura ha tomado forma ¡es antiartístico!, antes prefiero devolver lo que el señor ha pagado por ella. El desgraciado pidió el doble de lo que pagó, obvio me negué argumentando que todas las compras se hicieron por teléfono y yo no podía estar seguro de que él fuera el comprador. Quizá hubiera sido mejor aceptar, pero ya lo había dicho. Así que al juez se le ocurrió decir que pagara la mitad de lo solicitado con la condición de revelar el material con que habían sido hechas las estatuillas, además así, ante la ley quedaba claro el tiempo de vida de esas esculturas. Era aceptable y de cierto modo me convenía, dieciocho esculturas de lo más representativo del mundo: Hitler, Gandhi, el Papa, Cristo, la Virgen, los Beattles, Virgilio Piñera, Borges, la caída de las Torres Gemelas (esa fue difícil), entre otras tantas, vendidas en varios miles de pesos. Era más que lógico pensar que todos aquellos quisieran demandarme al saber que su escultura acabaría derruida por el moho. Dudé, pero terminé aceptando sólo si el juez era el único en saber la verdad del material. ¡Pinche juez! Él había comprado la de Benito Juárez sosteniendo la bandera nacional donde los detalles del escudo simulaban los bordados en hilos de oro. ¡Pinche juez!
            Aunque ese chiste me salió caro porque le tuve que dar tres veces el valor de compra y así evitarme más líos. El muy canalla fue con el chisme a los medios, quienes comenzaron a revelar en los periódicos que muy posiblemente la gente tenía, como centros de mesa, un “fino mojón”. La crítica se dividió en dos, como siempre, por un lado los puristas del arte que dijeron cuanta cosa se les ocurrió, apelando a la historiografía del arte, a lo sublime del espíritu, a decir que les tomaba el pelo; en fin, a cuanta tontería se les ocurrió para justificar que mi escultura fecal era una mierda de arte. ¡Pues claro que era una mierda! ¿Por qué les molestaba? Y por otro lado los que me defendieron argumentando que ya Duchamp había hecho algo similar, pero menos arriesgado, con el urinario de Nueva York, que yo tenía una propuesta revolucionaria, la cual nos obligaba a repensar la plasticidad y materialidad de la escultura, a relecturas sobre lo que las vanguardias históricas buscaron con destruir la institución del arte, así como replantear los medios e instrumentos con los que se construyen discursos artísticos… Incluso hubo por ahí algunos sociólogos aventurados que vieron en mi “obra” el efecto del mundo post-postmoderno, que era el hastío de la cotidianidad y no sé cuánto más inventaron. Días enteros se iban en discusiones absurdas sobre mis eses, no había exposición, presentación de libro, concierto o recital, en donde no se hablara de mí arte excremental. Mis amigos y yo nos limitábamos a reír, qué más nos quedaba. No obstante, ante toda esta tensión, se avecinaba el final como un torbellino de inodoro.
            Estaba harto de todo, de los pros, los contras, los neutros… en suma estaba harto de la ciudad. Me dediqué a escribir nuevamente, a terminar los relatos de Ixitlán y a acabar los Versos Insanos. También retomé mis prácticas con la guitarra y hasta hice un pequeño bolero que en la voz de Pedro Infante seguro hubiera sido un éxito rotundo, es una pena que el tiempo nos separe por casi cien años. De las acuarelas mejor ni hablamos, aunque mi padre fue y es un gran pintor, a mí siempre se me escurría el color; nunca logré los efectos que él pudo como cuando pintó a la Iglesia de Analco allá por 1993. Ante mi paulatina desaparición de la escena artística, la gente me pedía explicar cómo las hacía, porque los detractores dijeron que todo era una sintomática de mi no desarrollo artístico, de no superar la etapa fecal y que por eso, mi supuesto arte, era un mero juego infantil. La tarde del sábado 22 de febrero, recordando que hacía poco más de un año que no te veía, abrí el armario y miré fijamente a la primera escultura que había salido de mí para llevarla a una plática donde explicaría todo. Al llegar ahí, desafortunadamente estaban varias de las personas que, o se sentían timadas, o apreciaban mis diminutas esculturas. El nervio me invadía, se hizo un gran silencio mientras caminaba por un improvisado pasillo central en la cancha de San Pedro. Tomé mi lugar, nadie osó sentarse conmigo; solo, como de costumbre en mi vida, repasé con la mirada al público y entonces no tuve más remedio que decir lo primero que se me ocurrió:
Qué demonios es el arte en nuestros días. Bajo qué parámetros agrupamos o disociamos arte. Quién tiene el poder en su palabra para decir con autoridad si algo es un producto del arte. Desde mi punto de vista es nuestro ego lo que determina aquello que llamamos arte, y no necesité hacer estudios profundos sobre el tema para llegar a esa conclusión; porque al final de cuentas podemos distinguir entre dos intenciones artísticas causadas en el ego. La primera y más trivial es la que, olvidándose de toda filosofía, crea a partir de los elementos culturalmente asociados a las disciplinas artísticas, caso infame dentro de las letras porque genera un tipo de poesía y prosa intelectualizada que apela constantemente a las citas de autoridad del pasado glorioso; literatura actual por demás vacua ininteligible e insensible, sin fondo, varada en la mera apariencia de la fama literaria de otros; como para demostrar que aquellos que la escriben son lectores de textos considerados literatura. La segunda, sin reparar tanto en los recursos, explora las contradicciones humanas, sus aporías, pero fracasará en su concreción plástica, porque no podrá nunca transmitir aquello que ha encontrado en sus reflexiones, y porque en su quehacer no busca ser en sí un producto del arte, sino ser apreciado como arte por su pretensión de colocar en este mundo el resultado de la reflexión, el resultado de la vivencia, en suma la vida <per se>. Los grandes artistas no nos muestran que saben de arte, simplemente muestran un objeto imperfecto apenas comparable con la idea en su interior.
     Qué ego tenemos en nosotros para señalar al arte, a las pretensiones o intensiones del artista. Este mundo cercano a su fin ha creado una serie de homúnculos sapientes que han elevado la crítica pero no el genio de la inventiva, de la creación. Homúnculos cobardes persiguiendo la fama, ocultos tras las virtualidades del internet, despotricando contra todo aquello que ellos mismos no han podido crear, mucho menos entender. ¿Acaso ustedes creen que el artista hace lo que hace porque su interés original es lo bello, lo estético? Por supuesto que no, el verdadero artista no busca lo bello, busca una actividad que le alivie sus esquizofrenias, sus frustraciones, no está buscando hacer arte. Eso lo buscan los fantoches, los intelectualiodes que creen saber de arte y de lo único que saben es de la parte instrumental; saben de límites del canon, pero no saben nada de la libertad. Para muestra un botón…

            Me levanté y mostré la estatuilla que me representaba. Era yo en una pose bastante extraña para los más. Hincado de rodillas y con las piernas abiertas, el pene erecto y los brazos extendidos hacia abajo, con las manos como si agarraran algo que colmara el ancho de la palma. La mirada estaba fija en una inclinación angular, como si delante de ella algo o alguien fuera sujeto de un deseo erótico. Los valientes se acercaron para apreciar los detalles de ese cuerpo antiestético y de esa mirada libidinosa que en ella habitaba. La mayoría de las mujeres se sintieron incómodas, otros hicieron chistes típicos de pendejos: el pito es el único de tamaño natural… Cuando todos los curiosos vieron satisfecho su morbo con mi representación escultórica, mostré a la primera estatuilla, la única que no había sido destruida por el paso del tiempo y que era tu viva imagen ¡Cómo no conservarla! Bocabajo, con el cuerpo dulce y frágil, con tus brazos recargados sobre los codos levantabas la mitad superior del cuerpo y tu rostro miraba por sobre el hombro derecho hacia atrás con una sonrisa sensual y los ojos a medio dormir, tu cabello se extendía en parte por la espalda y en parte por la caía frágil hacia tu lado izquierdo. Tus senos párvulos y henchidos rozando la base de madera. Era una delicia que nadie más disfrutaba tanto como yo. Tus nalgas redonditas encaminando al voyerista a la búsqueda frenética de tus labios, que tiernos y sápidos se adivinaban entre los muslos porque, de tus piernas juntas, el único deleite extra era tu pie derecho llevado a las alturas sensuales que logra la pierna doblada; era como si llamaras con él al que desde atrás te observaba. Juntas esas estatuillas no eran más que una simple persuasión sensual y erótica al coito. Todos vieron mis ojos lagrimosos tras mostrarles esa intimidad que nadie más debía conocer, pero que en el afán de explicación, todos, absolutamente todos, destruyeron.

            No hubo más comentarios, los que tomaron fotos pronto te descubrirían en la vida real y provocarían este encuentro. Pero no te preocupes, no habita en mí el afán de conservarlo todo y por ese lado puedes estar tranquila; porque, bajo ninguna situación, se revela quien fuiste realmente para mí y eso es más importante que todo el morbo de la ciudad. Estate en paz, porque al salir de San Pedro y llegar al puente de Ovando, aventé las esculturas al río, seguro que ahí encontrarían el contexto húmedo que necesitaban hacía tiempo. ¡No, Sarai, déjalo así, yo pago!


Pool DunkelBlau, La Femme: Un célebre escultor (inédito)

martes, 4 de octubre de 2016

Plenilunio

Alguna vez oí de una amiga un término sorprendente: terrores nocturnos. Después de algunas lecturas en psiquiatría descubrí que en realidad es un padecimiento común, aunque generalmente se presenta en los niños. Entonces pensé que el miedo puede ser de dos formas, innata e inducida. La primera forma de miedo es aun insospechada por la propia persona, está dada por la misma fisiología de la especie y determina las reacciones ante ciertos estímulos que son potencialmente veraces en el mundo: miedo al fuego, a depredadores, a la oscuridad… El miedo inducido es aportado por una infinidad de factores externos que están dados por la cultura, y que pueden modificarse infinitamente, es decir, hasta que la misma especie humana desaparezca. Así, el mismo miedo al fuego se verá asociado a creencias o ideologías, el miedo a depredadores con seres imaginarios y el miedo a la oscuridad a cosas desconocidas e incomprensibles del mundo natural y sobrenatural.
            Recordé que de niño soñé con un sillón individual que de a poco se descubría, en un cuarto oscuro, por la luz de un cerillo que yo mismo encendía. En aquel lugar todo era tenue, mi cerillo apenas dejaba ver el color verde del sillón, de ese verde mate que usan los militares; todo se hacía cada vez más pardo por el mismo lugar y porque mi miedo había encontrado su talón de Aquiles. Durante gran parte de mi infancia ese sueño asoló los confines de mi tranquilidad y despertó en mí una serie de terrores en los cuales imaginé todo tipo de seres al asedio, no sólo de mí, sino de mis sueños también. Ninguno de ellos, por más horrible que hubiera sido, podía ser llamado pesadilla sino aquél primero, por incomprensible, indescifrable y simbólico. He aquí los sueños de algunas personas con las que conversé después de la plática con Alexis:

La mujer elefante
Estuve embarazada; mi hija no nació o nació muerta, ya no recuerdo. Yo la arrullé aún después de perderla y la imaginé en mi regazo; luego, lentamente una lágrima corrió por mi cachetito tierno hasta ella, apenas la tocó y se desvaneció en el aire. Qué insoportable soñarla con su vestidito verde corriendo por la casa entera, brincando y pintando las paredes. Y yo la regañaba. Le decía: ¡Ane, te vas a caer! ¡Ane, no agarres! ¡Pero cómo la quería! en su sonrisa la mía estaba. Cuando la quería abrazar se escondía de mí y yo la llamaba desesperadamente sin encontrarla; y la oía, sabía que estaba ahí, en algún lugar de mi modesta casa, pero mis sueños me abandonaban y despertaba en mi cama sola, abrazando la almohada. En la tele vi a una mamá elefante cuidando a su crío de los depredadores y éstos se lo comían, el primer plano mostró una lágrima verde escurriendo por la cara del animal. Allá por el noventa y cinco soñé (con mucha angustia) que era un elefante viviendo en un multifamiliar, mi hija se había transformado en el pequeño elefante, la pude reconocer porque los ojos nunca engañan a las madres. Un día vi cómo mi elefantita salía de la casa y a los pocos minutos pedía auxilio, sin poder ver lo que afuera sucedía, oía golpes, rugidos y chillidos que me alarmaron. Quise salir, pero mi enorme cuerpo se vio atrapado en de la puerta del último cuarto. Estiré la trompa, la sentí forcejeando con algo desconocido, por más que enredamos nuestras grandes y largas narices no pude salvarla, se la habían llevado. Con mi paquidermo llanto, crecí incontrolablemente hasta colmar la habitación, de la presión finalmente me asfixié y sucumbí al desmayo… soy una elefante llevando el llanto verde de mis penas. Cómo puede ser posible que no vean mi nariz…

El hombre atrapado
Mi nariz creció y tuve cuidado de no golpear a las personas. Creo que era más grande cuando hacía frío. Lo peligroso no era la nariz, sino el filo que tenía; parecía que era un gigantesco cuchillo capaz de rebanar todo cuanto le pusieran enfrente: madera, metal, rocas… todo. Para demostración, a mis amigos complací cortando los muros de mi casa, les decía: quieren ver la nariz fantasma, y corría directo a los muros derritiéndolos al instante, ellos sonreían conmigo y exclamaban: chico, estás loco, deja te limpiamos la nariz que te la has manchado de sangre. Miraba con incredulidad sus acciones: no es sangre, es que también derrito concreto… Un día en que me desesperé me decidí a derrumbar el edificio y con mi nariz fui cortando los pilares que sostenían el hogar de mis vecinos, nadie bajó a reclamar, a nadie le importaba. Corrí a través de los muros pero en el último me atoré, mi cabeza se había comenzado a hinchar y al parecer perdía su propiedad fantasmal de ignorar los muros. Estuve atrapado en las paredes por 220607 años pleniluniales hasta que una esfera de cristal rebotó de tal modo que tocó tres planos del cuarto al mismo tiempo y me liberó. Al salir de mi prisión el mundo había cambiado, las personas como yo fueron llamados locos, esquizofrénicos, bipolares y en fin, como el capricho de la psicología quiso. Así que me emparedé nuevamente, esta vez corrí lo más veloz que pude por el atrio de la catedral y empiné la cabeza hacia el pilar izquierdo de la puerta del perdón, no había mejor lugar para permanecer eternamente. Aquí sigo…

El rincón
Hay una señora dueña de las mareas[1], su voluntad mueve mi corazón y a veces agita el miedo de mis dientes. Ella es su madre. En las noches en que brilla completamente y eleva los océanos, él aparece de la nada postrado en la esquina de mi habitación. Delgado, alto, con el sobrero negro y un capote que llega hasta el suelo, sus manos son delgadas y finas, como si su trabajo no fuera pesado, sus zapatos están llenos de polvo como si fuera un caminante, pero no camina, siempre está ahí en el rincón. A veces cuando duermo siento que se recuesta a mi lado y entonces despierto asustada. Nunca lo he atrapado en el acto, sin embargo, puedo asegurar que en una de tantas veces sentí su abrazo frío rodear mi cintura y respirar su cálido vaho en mi oído, creo que ese día, cuando sentí que se levantaba, tuve miedo de que se esfumara. Ha habido muchas ocasiones en que lo he corrido, pero pareciera que su atrevimiento le hace permanecer inmóvil frente a mi cama. Sé que me mira, aunque no veo sus ojos yo sé que me observa desde ahí, bajo la sombra del sombrero. El 14 de febrero, cuando la señora de las mareas sonrió la noche, dio un paso hacia delante. Lo noté porque mi memoria recordó perfectamente el lugar donde hubo estado por los últimos 8 años. No sé qué pretenda, ya ha pasado mucho tiempo y aún no alcanza la cama. Me angustia su quietud, su silencio me hace pensar tantas cosas que a veces no consigo dormir. Hoy será luna llena, los dos centímetros que nos separan tal vez se borren. Qué cansada estoy, tal vez no sea nada…



Recogiendo los pasos
Mi muela tronó y el dolor fue tan insoportable que estuve a punto de perder el conocimiento, alguien iría a morir. Ya para el viernes velamos a la abuela y como no somos de los que acostumbran a permanecer mucho tiempo con el cuerpo, la enterramos a primera hora de la mañana; primero porque algo extraño había hecho que su descomposición se acelerara, y en segundo lugar porque el deseo de la abuela siempre fue entrar al camposanto apenas Dios se levantara. Oí de muchos vecinos cierta intranquilidad por escuchar que alguien caminaba por la sala, la cocina o el patio, todos ellos fueron amigos de mi abuela. No es raro aquí en Camotlan que los muertos recojan sus pasos, pero ciertamente nadie había caminado tanto como mi abuela. Dicen que algunas veces, en el campo, se oye a la abuela pizcando el frijol que ha quedado olvidado, que en la casa del padre hace un novenario cada fin de mes y que ha recorrido muchos de los caminos que nos llevan hasta Huajuapan de León, por los que ella pasó cuando era niña. Mi mamá platica con ella los sábados antes de ir al mercado, después dice que me deja con ella para que continuemos conversando, pero yo no quiero. Mi abuela me quería mucho. Un día me dijo que cuando muriera vendría por mí para que la acompañara en su camino, pero yo no quiero.

El señor del templo Expiatorio (sueño relatado por escrito)
Barrí la sacristía como todos los lunes, estaba por recoger la basura cuando entró un hombre vestido de negro; como si fuera un fraile de hábito negro. Nunca pude verle la cara por más que intenté. Una voz ronca y grave salió de la sombra que le hacía el capuchón: no volverás a hablar hasta el día de tu muerte. Enmudecí desde ese preciso momento sin poder preguntar por qué; corrí hasta la imagen del Cristo crucificado e intenté hablarle alguna palabra de ayuda, pero no pude. Dice el dicho que si no hablas Dios no te escucha, y a mí me pasó exactamente eso. Mi esposa no me creyó pese a que le escribía en papelitos mi historia y mi angustia. Cada mañana despertaba pensando que sería el último si acaso de mi boca, y por inconsciencia u olvido, daba los buenos días a mi mujer. Sabía que no moriría cuando ni ¡ah! podía decir. Algunos días más tarde pensé en la posibilidad de morir en algún otro momento, es decir, pensé en dos cosas, la primera que cuando mi voz regresara simplemente sería un aviso de que la muerte estaría cercana y que no pasaría de ese día; la segunda que mi voz podría regresar en cualquier momento y no precisamente en la mañana, así, el momento preciso en que dijera cualquier cosa sería mi último momento. Dado que mis pensamientos me hicieron suponer que mis palabras valdrían mucho cuando las dijera nuevamente, pensé en una serie de ellas que fueran las mejores de mi vida; como resultado las únicas que intentaría decir serían: Gracias Dios. Un día estaba sentado en la banca del patio y mi esposa se acercó hasta mí, me abrazó fuertemente como si no quisiera perderme, un hormigueo inquieto apareció en mi garganta y supuse que mi voz estaba por regresar. Pensé, guardo silencio y no le digo nada para amarla hasta que la otra muerte, la natural, nos separe, o hablo en este instante en que tengo la necesidad de decirle cuanto la quiero. Escribí en dos papelitos las palabras que quería decir. Abrí uno, lo puse en las manos de mi amada y le cerré el puño como indicando que no lo viera aún; me miró a los ojo, le sonreí y le di un beso… te amo.

El vagabundo[2]
Es la noche de navidad, los niños corren hacia mí y con sus voces tiernas me llaman abuelo, los abrazo sin que en mí exista el deseo de dejarlos nunca más. La mesa está servida con la mejor basura de la ciudad, mis hijos comerán con una felicidad incomparable y entre sus dientes se podrán observar algunos residuos putrefactos de comida y pelos de animal; alguien arrancará una pata de perro y del especiero agregará un poco de sarna tan sólo para darle sabor (yo les enseñé ese truco). Mi amada esposa (¿la ve?) está parada frente a la ventana, mirando a la señora de las mareas que en lo alto finge sonreír. Qué haces amor mío. Alejándome de ti… Hay desconcierto en el banquete, es un sueño, mi pantalón se desgasta en un instante y una mancha líquida comienza a dibujarse por la entrepierna, a dónde se va todo el mundo ¡Hija, Jahitzin!…

            Los temores de las personas fueron asombrosos, algunos otros que ya no recuerdo siguen dando vuelta en mi cabeza. Sé de algún otro que soñaba escribir y cuando despertaba había olvidado todo, no parece sorprendente puesto que a todos nos ha pasado algo similar, la cuestión está en que esta persona llevaba dos años soñando lo mismo, una y otra vez se repetía, sabía que era el mismo porque la huella que dejaban le hacía pensar eso, sin embargo, a la mañana todo se había borrado, ningún título, ninguna frase, nada. Sometido a hipnosis pudo rescatar estas letras: MUTNTOGRFAS.




[1] El sueño anterior y éste hablan de una “Señora de las mareas”, no hace falta ser muy letrado en los arquetipos sociales para darnos cuenta que ambos relatores se refieren al mismo ente. No es necesario pensar que las personas se conocen o que comparten gustos o aficiones; no, la misma cultura en la que ambos se han desarrollado les hace referirse al mismo “ser” del mismo modo. Es como si al dar una dirección nombráramos algún punto conocido de la ciudad para ubicar a nuestro caminante; la Señora de las mareas es la misma que a todos nos puede hacer soñar, es la misma que está y no desde el comienzo de nuestros días y hasta el final de ellos.
[2] Mientras me refería su sueño quedó hipnotizado por el mismo. Quise esperar a que despertara, sin embargo no lo hizo. La noche del 23 de diciembre de 2008 falleció bajo el puente de Ovando, de entre sus ropas encontré una foto, una mujer hermosa quien supongo es aquella que me pidió viera. Tenía una gran cantidad de cartas y todas destinadas a … las quemé para no despertar la curiosidad de los chismosos.


Aguilar Sánchez, Paul (Pool DunkelBlau), Mutantografía: Plenilunio (inédito)

domingo, 2 de octubre de 2016

Qué es esto


Se sabe, gracias a algunos sueños intranquilos, que existe un lugar en donde todo puede ser; lo que en la realidad se ha anhelado y ha quedado frustrado, tiene materialidad onírica en ese espacio insospechado: los deseos, los impulsos, los sueños, ideas, fobias reprimidas, pensamientos insanos, odios, amores… absolutamente todo lo que en nuestro mundo no ha obtenido su concretud. Ahí surgen las pesadillas y los despertares tranquilos; los juramentos de amor y las palabras imposibles que no decimos cuando sabemos que todo terminó; ahí se crean los placeres de una pareja cuando se miran antes de dormir y no dicen nada. Borges ha compilado una serie de entes en un libro que escribe junto con Margarita Guerrero y donde figuran varios de los seres imaginarios que habitan ese lugar. Hay conceptos, ideas e irreverencias orbitando el infinito espacio de las sombras.
            Ahí el silencio atraviesa el cuerpo y lo deja en estado de angustia, de incertidumbre. Si por azar se es de los que tienen ojos, éstos de poco servirán. Unos pequeños destellos de luz, como estrellas que muy en la distancia gelatinosa hay, apenas un instante se muestran cuando ya han desaparecido; se dice que son ideas; hay ocasiones que el lugar parece una noche estrellada. Si se es de los que tienen un hueco por ojos se está en una posición ventajosa. La conciencia despierta a través de los sonidos, ecos y demás ondas que invaden el cuerpo. Pese a que el ambiente crea extrañeza, de a poco uno irá acostumbrándose a la espesura del aire, a la pesadez del sentimiento que algunas veces llora, a la aflicción del amor o a la sonrisa lastimera del desengaño. Si algún aventurado osa poner un pie en ese lugar, sus pasos producirán un eco mórbido que temblará los huesos y la piel dejará chinita. Las ondas podrán verse en el camino mientras se alejan, sin que en ellas se perciba algún tipo de voluntad que las haga regresar. Se recomienda anular todo tipo de miedo, puesto que se podrían imaginar seres perversos que, obviamente, aparecerían ahí; sería mejor pensar en Mentor o incluso alguna figura que haya sido (o sea) arquetipo de bondad. Evite gritar, su angustia por no encontrar a nadie crecería al percibir los mil colores en que su voz se transforma al articular cualquier tipo de auxilio verbal. Aunque se sienta triste en aquel lugar, evite llorar, las lágrimas son mal vistas por los que no residen su “yo”; Alterimonios acechan el llanto para reír en su oído, literal, en su oído. Analice el ejemplo:

“…las veo irse hasta perderse en la conjunción del infinito y mi pupila… ¡hay alguien aquí! Mis palabras rebotan sin respuesta y se amalgaman en colores impensados. Todo flota. Un carrito de mi infancia aparece, recuerdo su presencia en una lista de regalos que nunca llegó ¡qué mundo tan perverso que nos hace soñar! ¿es ese el progreso? La oscuridad lo devora así como la memoria terminará consumiéndose en sus propios recuerdos. Aparece una larga fila de objetos sin tópico aparente de clasificación; bien podría ser formal o informal; o bien por color, tamaño, propiedad, funcionalidad o grado de deseo frustrado, creo que tengo miedo. Una nube obscura se acerca…”

            No hace falta leer más de esta aburrida anécdota. Es evidente la nostalgia victimaria que domina en las sombras. Qué no habrá en ellas; una niña que caminando llora como lamentando la muerte de su padre y en sus gritos la inspiración del poeta para escribir La Micaela, canción del Istmo que musicalizara Andrés Henestrosa y que llamara La Martiniana en honor a su madre. Imaginemos el dolor sufrido de la niña que es capaz de grabarse en la mente del poeta como palabras extenuadas. En otro apunte del anecdotario se puede observar un nombre cuya naturaleza aún es incierta: Jahitzin. Los etimólogos no aciertan en su origen porque la primera parte del nombre parece algún tipo de variante del hebreo, y la segunda una variedad del nahuatl clásico. Quién, en su más lúcida imaginación, habría concebido nombre tan imposible, en qué momento y por qué. No importa ahora, el nombre pertenece al mundo de las ideas; jamás fue en este mundo y jamás habrá persona que pueda llevarlo de pila.
            Ahí un papelito que versa: “abuelita Aurorita, no se te olvide, 2 28 90 87…” que seguramente se olvidó. Cartas de amor que nunca fueron entregadas, ora una que dice: “não vai acabar nos olhos esse amor, você duvidou quando chorei, chegou batucando quase me mata sambando com o coração cansado de sofrer, jurar jurei,  jurei que jamais ia por nada chorar,  foi promessa de samba melancolia, jurei te amar na saúde, na doença e na dor, é bom cumprir as juras de amor...”[1], ora otra que afirma: “les parois de ma vie sont lisses, je m’y accroche mais je glisse, lentement vers ma destinée, mourir d’aimer…”[2]. No cabe duda, ahí, en el lugar de las sombras, existen todos los secretos, desde el mapa verbal del tesoro de Moctezuma y la ubicación del origen de la vida, hasta el primer libro sagrado, el primer Dios, los Dioses posteriores y el Dios actual. Todo confundido a la espera de una puerta que los haga salir, a la espera de una mente que los materialice. Dicen que mientras la esperanza viva el lugar seguirá creciendo. Sus confines son inalcanzables, si se conoce algo de él apenas será una ínfima parte, que lógicamente hará surgir la duda: qué es esto. Paradójicamente la respuesta estará ahí mismo.




[1] La inclusión de la canción “Juras de samba” de Carlinhos Brown nos hace suponer que el autor infiere cierta relación metafísica entre su propio sentimiento y el de la canción; en otras palabras, pareciera que la letra expresa aquello que él, por imposibilidad léxica, no puede; convirtiendo a la letra en una catarsis anhelada y en un elemento intertextual con cabida narrativa.
[2] La segunda canción pertenece al cantante francés Charles Aznavour; los motivos por los cuales la incluye aún son inciertos.


Aguilar Sánchez, Paul (Pool DunkelBlau), Mutantografías: Qué es esto (inédito)

domingo, 25 de septiembre de 2016

Colapso: el delirio de Emilho Cabanhas


Madre mía, dime a dónde has ido, cómo es el lecho que te guarda o cuan amargo el aire que respiras por mi culpa. Dime si verdaderamente es lejano el regazo de tus brazos o frío el vientre que me espera. Dime madre mía, confiésame hoy que no soy tu hijo; niégame, te lo pido, para que los errores de mi vida no causen penas en tu pecho, niégame para quitarme esta aflicción de no tenerte en mis últimos suspiros. Mira cómo me has amado y yo sin ser digno de tu cariño. Mira cómo te he dejado, tan sin vida ni fortuna. Soy culpable de tu agonía, de tu dolor y sufrimiento. Soy la penuria de tus ojos y el vahído de tus piernas. Ven, hoy quiero que escribas en el cielo mi destino, que acicales mi memoria y me renazcas digno de tu seno, que me consueles el miedo, me señales el camino y me duermas como cuando era un niño. Ven madre mía…
            A veces siento que los odio. Te odio Manrique, a ti y a tus coplas que desolaron mis pensamientos, a tu río y mar que ahogaron mi camino. Te odio Zolá, por ligarme al medio y descifrar mi destino, porque soy imagen y semejanza del lugar donde nací, al estudio y los amigos que tuve, porque soy lo que han hecho de mí tus teorías y el reflejo de mi padre. Te odio Márquez porque lloré cuatro veces mi muerte en Macondo. Te odio Tehodor Busbeck, porque en tus líneas ya había visto lo trágico de mi historia, porque tenías razón. Te odio Gigante por matar en vida a José padre y José hijo y por abusar de la mujer que amaban. Te odio Frankeinstein, porque en esta vida sólo queremos ser felices a pesar de nuestra dolida monstruosidad. Cuánto los odio y los admiro…
            Confieso. Cuando era un niño imaginaba ponerme en los ojos de quienes me miraban para conocer cómo era visto, cómo era el mundo desde otro plano de la percepción, nunca tuve éxito. Confieso haber tenido un primer amor y un primer beso en el enseño básico, desde entonces conocí la excitación después de que esos labios me dejaran un ligero cosquilleo sobre el paladar. Confieso haberle robado su límpida inocencia con mis manos honestas debajo del escritorio. Confieso haber mentido por pena cuando verdaderamente amaba a la chinita del Apostolado. Confieso haber llorado siempre que me sentía sólo y desprotegido. Haberme emberrinchado por cualquier juguete. Haberles robado las oportunidades a mis consanguíneos. Haber fingido nuevamente el no sentirme mal cuando descubriera que Denisse no me amaba. Haber deseado la muerte de otros. Robar la confianza de los padres de mi primera novia formal y desmoronarle a ella sus sueños del primer amor. Confieso haber amado demasiado a Fabiola y seguir amándola muchos años después de que desapareciera de mi vida. Confieso haber gastado hasta los recursos más perversos para que estuviera conmigo y haberla buscado en tres ocasiones posteriores a su ida. Confieso no haber amado tanto como dije a Nandinha y haberla hecho sufrir como el peor de los hombres del mundo que fui. Confieso haber dudado de mi sexualidad cuando corrió el rumor de que la chica que me gustaba era hombre; bien merecida la bofetada que me diera cuando en la cama le gritara ¡porra, e eu que não acreditava neste cu! Confieso haber matado a decenas de ratas y deleitarme con sus chillidos, de ahí que ame los sonidos estridentes. Confieso, confieso, confieso… no sentir arrepentimiento.
            Oigo el trote de tu caballo Miguel, allá en la Media Luna nos lloran tus muertos. Ahora sé, como tú, qué es fallecer sin ser querido. Colapso; como hace algunos años lo hiciera mi madre frente a mí, la diferencia tal vez radique en que no soy consciente de quién me llore o quién se alegre. No veo ninguna luz ni nada que se le parezca; acaso un pequeño punto negro que siento distante pero nada de lo que dicen por ahí. No hay nada después de la vida, la muerte simplemente es una oquedad y un silencio que fulmina, es una eternidad muda de instantes con miedo. Niña, cuando yo muera no llores sobre mi tumba, no escucho tu voz, por qué no me cantas para que no me muera, por qué no me lloras para que luego muera. Cómo hemos llegado hasta aquí, cómo es posible haber crecido tanto y no sentir pánico por sabernos efímeros. Te necesito madre mía, quién ha de llorarme la muerte sino quien me lloró la vida. Te necesito amor, quiero volver a tus brazos aunque sea de mentira.
            A dónde queda el sentido de la vida si todos morimos, a qué la vida si nada estará para siempre en nuestras manos ni en nuestras mentes. Por qué no simplemente me muero, por qué tengo que pensar la vida. ¡Ay esta agonía! Pareciera que llevo mil años procurando la muerte.

            Algo me toca; es una sombra quien me toma del brazo, me levanta de mi lecho de muerte y me hace caminar. Allá adelante puedo ver más sombras que deambulan pero a todas las conozco; es como un sueño donde sabes quiénes son las personas a pesar de haber mudado a la referencia que hacías de ellas. Estoy en mi casa, pero la de cuando era un niño; de hecho creo ser nuevamente un niño, la sombra de un niño. Me siento feliz, hay una sombra que me abraza y me arrulla como si fuera suyo. Es mi …

Aguilar Sánchez, Paul (Pool DunkelBlau), Mutantografías: Colapso: el delirio de Emilho Cabanhas (inédito).

jueves, 18 de agosto de 2016

Los inventos de Sessera

Nuestro gran inventor de la actualidad ha sido autor de innumerables creaciones tecnológicas, que dentro de las áreas científicas han colaborado al estudio profundo y preciso de los fenómenos del mundo natural; en tanto que, dentro de las áreas sociales, han satisfecho los más amplios deseos de la población con artículos para el hogar que facilitan la vida de los más. Como ya algunos de nosotros estamos enterados, se sospecha de él como el más grande promotor de la piratería en los últimos años gracias a algunos programas computacionales adjudicados a él, también sabemos que sí es el creador de un programa capaz de convertir a la música en droga que, sin embargo, no es dañina para el cerebro y por el contrario a todas, nadie necesita pagar cuantiosas sumas de dinero para conseguirla, puesto que dicho programa está a la venta en muchos tianguis de la ciudad de Puebla a muy bajo costo.
            Alessandro, además de ser buscado por muchos países, también se encuentra desarrollando tecnologías para otros más, como el reactor nuclear secreto de los Birmanios; el megatelescopio para estudios y búsqueda de vida en otros planetas de la República Independiente de Bantú; el sistema de desarrollo de programas computacionales bioelectrónicos para la creación de vida artificial; el descompresor de luz que permite obtener un máximo de quants de partículas mínimas reconocibles como luz, entre otros tantos.
            También es sabido que no todos sus inventos han tenido una vida funcional al cien por ciento, ni han sido totalmente prácticos para las necesidades que fueron creados. Sabemos que inventó una impresora lasser que tenía integrada una tarjeta I.A. y que, en teoría, ayudaría a mejorar tanto a las impresiones como al contenido inteligible de los documentos. Así, cuando uno imprimía cualquier trabajo escolar, la máquina era capaz de reconocer si había fallas de redacción, coherencia, ortografía e incluso modificaba el tipo de formato que ocupaba la persona, priorizando sobre los modelos más aceptados y utilizados por las universidades: APA, MLA, HARVARD o CHICAGO; además utilizaba tipografía de acuerdo con el tema, era capaz de reconocer si el trabajo era escolar o si era una carta de amor, y seleccionaba automáticamente el mejor tipo de letra para cada uno de ellos. De igual modo, cuando se trataba de copiar algún texto de imagen, como una pintura o alguna fotografía, seleccionaba el tipo de papel según el número de pixeles para el tipo de impresión que haría, todo con la finalidad de obtener en la superficie plana de la hoja la mejor nitidez de la imagen.
            Esté invento duró funcionando aceptablemente por unos dos meses hasta la llegada de un aditamento (también hecho por Sessera), el cual le permitía revisar los documentos a través de una base de datos actualizable cada 22 horas vía red. Sin embargo, algunas previsiones elementales pasadas por alto, hicieron de la máquina la primera en ser autónoma e independiente; con tal que era capaz de discernir entre lo que estaba correcto en un escrito, hasta sugerir nuevas ideas en el mismo. El problema fue de dos tipos, uno de orden práctico y otro de orden teórico. El primer error estuvo en que la máquina, al ser capaz de sugerir algo en un texto, adjuntaba cuartillas y cuartillas hasta la bastedad sobre los posibles puntos y rumbos que tomaban los estudios de cualquier área, creando así tomos para un trabajo de cinco cuartillas y que, obviamente, los usuarios de las impresiones no necesitaban en ese instante, ellos sólo querían sus cinco cuartillas a pesar de que ya se hubiesen impreso las más de quinientas de sugerencias. El segundo error estuvo en que, si bien la máquina había adquirido cierta inteligencia artificial por el nuevo aditamento, también había adquirido ciertas tendencias humanas al perfeccionismo vano y sin sentido. Era recurrente en los trabajos sobre humanidades que la máquina hiciera un análisis primero de la definición de los conceptos, luego de los mismos conceptos y finalmente de cómo están utilizándose.
            Existe la anécdota de un trabajo sobre literatura que llevó más de dos años en imprimirse gracias a la disputa intelectual que la impresora tuvo con el texto mismo, al que procuraba comprender, sugerir y no invalidar. Así la impresora, cada vez que intentaba imprimir, tardaba, en los casos más simples, cerca de una semana o dos, siendo el de mayor tiempo aquel que referimos hace un momento.
            Alessandro previó que la maquina estaba en el punto de ser en sí misma un peligro para el intelecto humano, es decir, dentro de poco la impresora asumiría que nadie tendría la razón y que por tanto ella debería reeducar a la raza humana en los millones de conceptos errados que conservaba hasta la actualidad. Entonces realizó otro chip lleno de preguntas ancestrales y sin repuesta humana, con la finalidad de calentar la tarjeta I.A. de la impresora, no obstante, respondió las millones de cuestiones que tenía el chip sin ninguna dificultad, y a muchos de los que conocimos las respuestas nos sorprendió la indiferencia con que muchas de ellas se presentaban. Recuerdo su respuesta a ¿cuál es el sentido de la vida? Ninguno (responde la máquina), es una estupidez propia del ser humano creer que todo tiene sentido y creer que existe algo por hacer en la vida que satisfaga nuestra incompetencia para morir. O ¿quién es Dios? Dios es una creencia humana, simple, absurda y sin sentido, no presenta más complejidad que el mismo estado de acomplejamiento en que vive el hombre y, a pesar de que existe gracias a la misma creencia, no está interesado en los problemas que aquejan a la humanidad, simplemente tiene mejores cosas que hacer que estar perdiendo el tiempo con seres efímeros que no le producen ningún beneficio. O ¿cuál es la verdadera religión? Ninguna y todas a la vez, ninguna porque hasta la fecha no existe una forma de relacionarse con Dios, y todas porque sin importar cuál de ellas se escoja, todas son una pérdida de tiempo para el hombre. Muchas otras respuestas dio y muchas otras prefirió omitirlas dando un mensaje de: el hombre no está preparado para la respuesta.
            Quizás algunos piensen que lo más fácil hubiera sido desconectarla, pero, como hemos dicho, Alessandro Sessera era una persona responsabilísima y no podía permitirse la destrucción de algo muy suyo como este invento: tenía el complejo de Frankenstein. La impresora simplemente fue desconfigurada en un proceso que duró más de tres años, porque, primero había que convencerla de que también era propensa a enfermedades virales y que, por tanto, había que vacunarla (sabemos para qué era la vacuna). Segundo, porque había adquirido cierta configuración humana que nos impedía pensar fríamente (simulaba dolor). Tercero, era la mejor máquina jamás antes inventada en todo el mundo.

Aguilar Sánchez, Paul (Pool DunkelBlau), Mutantografías: Los inventos de Sessera (inpedito).