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domingo, 2 de septiembre de 2018
sábado, 29 de abril de 2017
Aurrera
A Marce Viáñez
La última vez que escuché su voz fue también la última vez que nos vimos. Yo la vi sonreír como de “todo está bien”, y al cerrar la puerta volvió para decir: “yo también te quiero”. Obvio le creí. Pero no es que dudara de que en ese momento me quisiera, sino que lentamente fui descubriendo una verdad nefasta en esas palabras, decir “te quiero” no equivale a decir “estemos juntos”. Después de ese 16 de mayo, vivir fue bastante complicado. No había momento de ocio que no le dedicara a ella; volvía siempre jovial a la memoria como para recordarme que la había perdido. En mi mente hubo 7,121,995 versiones de lo acontecido y otras iguales en número que falsearon lo mucho (o poco) que la quise. Ninguna hablaría del por qué nos distanciamos, y quizá eso se debía a que ni yo conocía con certeza la razón.
Algunos
meses más tarde me encontré con uno de sus colegas y fue él quien, sin pedirlo,
me puso al tanto de su partida lejos de la Angelópolis. Supuse, entonces, que
los recientes acontecimientos cerca de Clavijero y las oleadas migratorias tras
las declaraciones de Alycandro, le habían hecho pensar, como a muchos, que todo
sería mejor en otro lugar. Obviamente pensé que allá lejos, donde alguna vez
soñé vivir cuando era joven, ella estaría siendo feliz, enormemente feliz como
alguna vez lo dijimos: “qué felicidad será nuestra infelicidad”. La imaginé
descendiendo del autobús mirando a ambos lados y tomar rumbo hacia algún lugar
desconocido para mí, perdiéndose toda huella de ella en mí, o de mí en ella,
para convertirnos en dos entes alienados del pasado compartido. En fin. Era
lógico, todos, en algún momento, abandonaríamos la ruina de ciudad; yo por mi
parte abandonaría en algún momento esta ruina de cuerpo.
El Estado
quería verse bondadoso y mover a la mayor parte de su personal a otras ciudades
en donde los conflictos políticos no afectaran la consecución del poder. Supe
de algunos colegas que fueron enviados a regiones muy alejadas del valle; a mí,
afortunadamente, me tocó cerca, en Tehuacan. Desmotivado, solo, ruinoso, no me
quedada más por hacer en esta vida que esperar un trágico final, no por mí,
sino por la vida misma. Establecí rutinas para pasar el tiempo. Para todo
existía alguna, para el trabajo, para la casa, incluso para pasear los fines de
semana o hacer las comprar. Nada ni nadie debía intervenir, eso era muy claro
en mí. Todo ese planteamiento en mi vida me avejentó unos diez años y me
convertí en un maniático de las rutinas. Hasta para pensar en Sarai tenía una, la
cual era cuidada de tal modo que nadie la interrumpía mientras me sentaba a
tomar un smoothie en los portales del parque Hidalgo.
Allá por el
2020, a un año de estar en esta ciudad (la fecha no me la creas mucho porque es
vago ese recuerdo), comencé a tener algunas alucinaciones que sólo me hacían
sentir incómodo. Era ella que aparecía y me miraba con sus ojos titubeantes,
sinceros, cautivantes. Consiente de mis alucinaciones, de saber perfectamente
que por ningún motivo sería posible que ella estuviera ahí, frente a mí,
caminaba lentamente hasta acercarme al lugar en donde se suponía que estaba y,
con las lágrimas asomando, me paraba exactamente en ese sitio. La física
comprobaba mi alucinación y triste volvía la mirada al mundo circundante.
Claro, hasta ahí todo bien, en serio; todo era claro y simple, dos cuerpos no
pueden ocupar el mismo espacio. El problema fue cuando la alucinación decidió
estar en la pared. ¡Vaya que dolió el querer ocupar ese espacio! La nariz
sangrando, algunos ayes de dolor que me acompañaron desde las butacas y también
algunas risas semi-discretas que con asombro veían mi estupidez. ¡Profe, qué le
pasó!; Perdón, jóvenes, no vi qué tan cerca estaba de la pared… Ni siquiera
sabía por qué me disculpaba.
El siete de
diciembre de ese mismo año cavilé sobre la posibilidad de pedir un permiso para
dejar el trabajo por un año, o por un tiempo, y despejarme de toda esa
estupidez que ya me fastidiaba. Me senté a la sombra de los portales en el
parque Hidalgo y pedí una chamoyada simple, sin tarugo pero sí con chamoy. Una
nube oscureció la plaza y un viento fuerte avivó los gritos juveniles de las
mujeres que paseaban. Todos miramos divertidos sin centrar la mirada en ningún
lugar. Los puestos de pulseritas cayeron, algunos más vieron volar sus anuncios
y en toda esa fiesta involuntaria apareció ella. Sonreía como todos, pero
también como sólo ella podía hacerlo. Iba sola, con un vestido blanco de
bolitas negras que destacaba en ese tono gris de fondo con que la nube nos
había dejado. Su cabello azul argón, sin daño por el aire, le acompañaba el
paso suave y seguro con que atravesó la calle Independencia. Mis ojos sabían
que ésta era la alucinación más hermosa que habíamos tenido en años.
Estupefactos, idiotas, mis ojos la siguieron hasta que la esquina impidió mirarla
y mantenerla en la pupila. El mesero llegó: ¡linda la chica ¿verdad?!;
¿Perdón?; La chica de blanco, imposible no verla; ¡Ah, sí!
Al llegar a
casa me miré en el espejo; sentí mi temperatura, mis ojos parecían normales.
¿Acaso mis alucinaciones habían llegado al grado de hacerse compartidas? o
¿será que ahora la imaginaré en otras personas? La maldición de Funes caería
sobre mí y no bastaría con recordarla, sino que también la vería reflejada en
otras personas. Semanas más tarde, platicando al aire con el mesero sobre
mujeres bonitas, le mostré una foto de ella como para probar mis visiones y
dijo: ¡Ah! ¡la misma chica de la vez pasada! no pierde el tiempo ¿verdad?; ¿Cómo
que la misma?; Sí, la de blanco, es difícil no recordarla –tomó la foto–, véala
usted, es tan guapa, ¿cómo se llama? seguro no es de aquí porque la
reconocería, ha de haber llegado con los migrantes de la capital, como usted…
El mesero siguió hablando, hacia mí mismo decía que todo esto era improbable,
seguro estaba soñando, seguro en algún punto de mi vida había caído en coma y
esto no era más que uno de los tantos mundos posibles que se construían en mi
mente. Ella no podía estar en Tehuacan; si bien era cierto que muchos habíamos
terminado aquí, ella debió irse lejos, al sur, a las tierras del Mam. Es más,
debe estar allá, casada, con hijos, feliz, lejos de mis sensibilidades,
olvidándome, odiándome. No aquí, nunca aquí, Tehuacan era mi sitio para
imaginarla, para estúpidamente recordar mis cursis palabras que para nada fueron
realistas: ¡hasta que me olvides, tuyo! No, no era posible, si esto era verdad
sólo significaba una cosa, coincidir, en algún lugar, en algún tiempo, en
alguna realidad, pero inevitablemente coincidir.
¿Coincidir?
¿Con quién? Ella no estaba aquí, debía hacerme a esa idea. Escribí para
distraerme sobre el éxodo poblano. A veces, en mis relatos moría yo o ella, o
viajaba perdido en el espacio, distante de todo, de ella. Los amigos buscaban
ayudarme para sacarla de mí, pero sólo Marcela tuvo la palabra correcta:
¡Aurrera! Uno de sus amigos que había pertenecido al ETA le contó que el origen
de esa palabra era Esukera, también le contó sobre los días en que fueron
perseguidos y de la fuerza que esa palabra les daba para mantenerse en pie:
“cuando te sintáis sola, o también cuando penséis que todo está acabado
¡aurrera!”. Así le dijo Charly y así también me legaba esa palabra para seguir.
No tenía nada que perder si ella verdaderamente estaba aquí. ¡Aurrera! Y si
verdaderamente un encuentro era inevitable, las palabras tenían que ser las más
vacías del mundo, las más comunes, las que han perdido toda intensión verdadera
de comunicar: cómo estás, cómo te va, hola y adiós; fingir total
desconocimiento era también una probabilidad, pasar de largo el uno del otro, detenernos
pasos adelante y volver la mirada para descubrir que todo está muerto…
¡Aurrera!
Tranquilo,
decidí cenar con café, pero ya no había. Tomé la cartera y caminé por Héroes de
Nacozari hasta el super, atardecía en la cada vez más ruidosa Tehuacan y el
aire, tranquilo y fresco, me acompañaba la mirada baja. Desde la avenida
Independencia vi el nombre del supermercado en un marco verde, me pregunté si su
pronunciación sería igual a como lo decimos en español. Sonreí de pensar que
frente a mí, el templo de la resiliencia estaba majestuosamente iluminado, era
un pagano más. Un templo artificioso, lleno de cosas que no necesitamos y de
otras que por costumbre consumimos. Café, tal vez un poco de jamón… Sí, de ese
señorita, gracias; me llevaré unas leches y cereal. Caminé despacio hasta la
caja, escogí la siete. Bip, bip. Esperaba detrás de un tipo que se llevaba todo
el super. Bip, bip. Tomé una revista y me distraje entre sus líneas mientras
acababa el desfile de artículos; no tenía prisa. Bip, bip. De reojo lo vi pagar
e irse. Después, la voz grave y femenina de la cajera viajó profundo en mis
recuerdos hasta ponerme la piel chinita: ¿Encontró todo lo que buscaba? El
silencio sobrevino; reconocí esa voz, era la misma que años atrás me hubo dicho
“yo también te quiero”. Mi rostro pausado volteó para encontrarse con la mirada
de una cajera también absorta. Estaba ahí, de frente a la chica de blanco,
mudos de asombro y con las miradas cristalinas desbordando una nostalgia feroz.
Quizás ella también pensaba en qué decir, o en cómo decirlo. Al borde de su
párpado detuvo un intento de lágrima y desvió la mirada para parpadear
seguidamente, así como para apagar la voluntad del llanto. Al regresar la
mirada, compuesta y en sí, dijo: ¿encontraste todo lo que buscabas? Te juro que
quise responder algo inteligente, pero mi boca estaba sellada y mi rostro se
deshacía en lágrimas ligeras y calladas. Apreté los labios y pasé saliva. No
dije nada, sólo asentí con la cabeza, había encontrado todo lo que buscada.
Pagué y sólo con movimientos de cabeza agradecí mi cambio; nada especial,
amabilidad simplemente. Antes de salir regresé la mirada para verla por última
vez en este ciclo de encuentros esporádicos, pues podrían pasar meses, años,
vidas enteras hasta volvernos a encontrar. Me miraba, con su mano afable
levantó el pulgar y dio una sonrisa finita. Todo está bien. ¡Aurrera!
Aguilar Sánchez, Paul (Pool DunkelBlau), "La Femme: Aurrera" (Colección inédita de Cuentos)
domingo, 9 de abril de 2017
La Hechicera
A Mercedes Toxqui
La cabeza de un hombre asomó por la puerta y en su rostro ya
se notaba la cautela con que iría a decir:
– M… Buenos días, ¿se puede pasar?
– Claro, pase, ¿cómo está?
La sonrisa en ella permaneció mientras él se acomodaba en un
sillón. Él miró los objetos que estaban cerca, el piso y luego devolvió la
mirada a la doctora. También sonrió.
– Qué curioso ¿no le parece? O sea, no de curiosidad, sino
de inquietante, de interesante.
– Perdón, no le entiendo…
– Sí, mire. Entro y lo primero que pregunta es algo que ya
sabe “¿Cómo está?”, o ¿acaso esa pregunta sirve para medir qué tan mal está el
paciente? Desde mi punto de vista la pregunta se pudo haber evitado; es más que
obvio que aquél que consulte a un psicólogo tiene algo, que está mal de algo,
¿no? Sin embargo, pese a que la pregunta me parece absurda, creo que ha
funcionado, puesto que ha permitido que yo diera toda esta respuesta. Me
pregunto qué pasará con las personas que no responden tanta cosa como yo, o con
aquellas que de plano no contestan nada.
– Cada paciente es diferente, la pregunta no siempre es
igual, pese a que casi siempre es la misma. Como usted ya lo ha notado,
funciona porque, no es que estén mal todos lo que visitan al psicólogo, esa es
una afirmación arriesgada; pero sí todos buscan a alguien que pueda
escucharlos.
– En eso se equivoca, mi estimada doctora. Yo no busco que
nadie me escuche.
– Entonces, cuál es el motivo oculto de su visita.
– Usted está en mi sueño. Sí, en serio, no ponga esa cara.
Usted está en mi sueño y por eso vengo a verle, para que me diga qué pasa.
– Me sorprende. ¿Ya antes habíamos charlado?
– No. En ninguna otra circunstancia; o por lo menos no en
alguna que recuerde.
– Pues comencemos, ¿quién soy en su sueño? ¿qué hago?
– Pues mire usted. Hace cerca de dos años comencé con
algunos sueños que me parecían extraños. Soñaba constantemente con una exnovia,
bueno, realmente no fue mi novia, pero sí la quise bastante. Le decía, la
sueñé, pero el sueño nunca se repitió; por el contrario, siempre fue uno distinto.
Aunque no recuerdo todos, sé que así fue. ¿No le sorprende que lo diga de este
modo, verdad? Haga cuentas, setecientos treinta sueños diferentes. Si hubiera
soñado un año más, rebasaba por mucho a las mil y una noches.
– Tiene razón, no lo había visto así ¿Recuerda alguno de
ellos?
– Sí, algunos. En uno soñé que ella moría y yo la visitaba
en su tumba. Ya sabe, cosa medio romántica. En otro, soñé que las frutas del
mercado me la recordaban y me aventaba a ellas para hacerles el ritual de la
sensualidad; obvio terminaba preso por crímenes contra el pudor y las buenas
costumbres. Hay uno que me dio bastante risa, soñé que la encontraba en
Tehuacán por azares de la vida, trabajando en una tienda de autoservicio,
¿quiere saber cuál? En esa que tiene nombre euskera, de grito etarra:
¡adelante! Pero no me mire así, hasta yo lo sé, parece una obsesión; aunque, si
la hubiese conocido, estoy seguro que su opinión sería distinta.
– No se preocupe, estoy tratando de entender cómo entra una
imagen como la mía en su sueño.
– ¡Ah! Pero la cosa no acaba ahí. Verá usted, soñé con una
hija que me buscaba en la universidad. Soñé con unas esculturas que aventaba al
río san Francisco. Soñé un libro en donde ella estaba encriptada, era la
historia oculta de Caperucita Roja, yo le llamaba Alycandro. Jaja, sí es
gracioso, ¿no?
– ¿Y dónde aparezco yo?
– Espéreme, debo decirle un último. Soñé que moría.
– ¿Cómo moría?
– Pues era una cosa sin dolor, sabe. Un día me atropellaban
y caía en coma, en ese estado en el que no podía salir, era ella quien me
devolvía al mundo de los muertos.
– ¿Cómo, la exnovia le decía que ya se muriera?
– ¡No! Sólo me cantaba algo y con eso yo daba el paso hacia
el otro mundo.
– Ok, ¿Dónde aparezco?
– Ahí, doctora. Mientras moría otro sueño apareció hacia
adentro de ese. Usted caminaba por el callejón Lennon hasta la Casa Amarilla. Usted
estudia ahí, ¿no es cierto?
– Sí…
– Bueno, yo veía su caminar, pero no sabría decirle desde
qué punto. En el sueño la miraba desde todos los ángulos. Su cabeza baja al
caminar y su cabello rojo, lo único a color, que extrañamente permanecía quieto
ante el aire que se percibía en lo contextual. A la entrada, alguien la
saludaba por su nombre, Meche; y luego preguntaba si esa tarde daría terapia.
– ¿Recuerda si en su sueño aparecía algún número, alguna
fecha?
– Sí, lo recuerdo. Sacó su celular y en la pantalla se
observó la fecha: cuatro de agosto de dos mil cuarenta y cinco, eran las once
de la mañana y usted había llegado retrasada a una clase con un tal Enrique.
¿Estoy cierto?
– ¿Jura de verdad que fue un sueño? ¿A mí me parece extraño
que sepa todo eso? Creo que llamaré a seguridad porque sinceramente me estoy
incomodando ya bastante con su plática.
– ¡No, por favor! Créame que a mí también me intriga. Yo a
usted ni la sigo ni la había visto antes. Cierto, estudié letras, pero eso fue
muchísimo antes de siquiera haber coincidido. Permítame acabar.
– Lo haré, pero le advierto que no estoy sola y que si
intenta algo, la pasará muy mal. Y dejemos algo en claro, ya no es usted mi
paciente y por seguridad apretaré el botón de alerta para que nos estén
monitoreando.
– Perfecto, doctora. Por mí no hay problema. Si con eso se
siente segura y me permite acabar, adelante.
– Entonces dígame, que más pasó en ese supuesto sueño.
– Pues bien, como le decía, los números parecieron y en
ellos también pude saber su número de contacto cuando revisó sus citas en la
agenda. Luego entró a una aburridísima clase de fenomenología en la que, le
juro, no sé si todos asentían por querer que ya acabara, o porque de plano la
locura de ese señor era tal, que era mayor el temor a contradecirlo que a ponerle
en claro que estaba diciendo mucha cosa sin sentido. Pues bien, ese día usted
no tomó notas, en cambio dibujó en su carpeta. Por eso realmente estoy aquí,
usted dibujó una calavera con un colibrí y unas flores donde apoyaba las patas;
sin embargo, eso fue un símbolo. Como era mi propio sueño, necesariamente la
clavera tenía que relacionarse con la muerte que acabada de tener en el nivel
anterior; el colibrí fue difícil pero logré saber qué significaba, era mi
escudo, el guerrero, ya sabe a qué me refiero, a Huitzilopochtli; entonces me
pregunté ¿debo luchar por vivir? o ¿debo emprender el vuelo y dejar mis
fortalezas a quienes se quedan en el mundo vivo? ¿Dejar las flores, la belleza
que admiré del mundo, de las mujeres? ¿Soltarme del recuerdo que me mantenía en
Sarai? La miré a los ojos y ahí el sueño terminaba.
– ¿Quiere respuestas a esas preguntas?
– Quiero saber por qué está usted en mi sueño de muerto con
ese símbolo.
– Sinceramente no creo poder explicarlo. De hecho no creo
que alguien pueda. Sin embargo, déjeme decirle que existe una posibilidad de
que yo sea un conjunto de imágenes femeninas, las cuales se han proyectado a su
mente consciente.
– ¿Con todo y el nombre, el dato de contacto con el que
agendé esta cita?
– Tiene razón, eso ya no cabe en la explicación. ¿No querrá
sugerir que esto le parece también un sueño, verdad?
– No quisiera, pero si ese sueño acaba de pronto y yo
amanezco en esta ciudad como si nada; ¿qué nos asegura que realmente no estamos
en loops interminables de sueños tras sueños?
– Tranquilo, esa pregunta parece fácil de responder. Verá,
desde mi punto de vista usted teme estar soñando y no vivir la realidad. Esto
se debe a que los sueños han sido tan lúcidos que ahora no sabe si esto es
despertar o dormir. Sin embargo, le daré una respuesta que espero le deje
tranquilo. Yo estoy muy segura de esto no es un sueño, pero si lo fuera, en
lugar de preocuparme por si es o no; asumiría que esta es la realidad en la que
estoy viviendo, como quiera que entendamos eso, y seguiría con la vida tal cual
lo plantee esta realidad. Dese cuenta, siempre es mejor que la vida sea
tranquila a que tengamos esos problemas de realidad. Cuál me dijo su nombre.
– Pool, Pool DunkelBlau. Tiene razón doctora. Es usted la
curadora, la hechicera, tal vez.
– No sé, pero como le decía, Pool, esto no podría ser otro
sueño, porque eso implicaría que usted está soñando mis diálogos, y estoy
segura que no sabe qué voy a decir en los próximos minutos.
– Tiene razón, no lo sé. Pero ¿entonces qué pasa? ¿A caso mi
inconsciente me mandó hasta usted para salir de mi obsesión? ¿Será que Carl
Jung tenga razón y entre usted y yo exista una conexión causal inexplicable en
términos lógicos o físicos? Usted disculpe lo que diré ahora, al entrar noté
que es muy bonita, estuve pensando que la mente busca sanar mis recuerdos en la
superposición de una nueva imagen o paradigma de belleza.
– No creo, eso lo hubiera notado desde el sueño, cuando me
miró al final de él.
– Cierto.
– Sabe, el dibujo que vio en su sueño existe, sólo que ya no
lo tengo yo. Lo hice para un amigo que quise mucho y que yo decía estaba
loquito, de cariño. Se llamaba Emilho Cabanhas, no sé qué haya sido de su vida.
– Mire qué interesante, si el dibujo le recordó a su amigo,
lo más seguro es que esa persona también haya padecido el mal del Lobo Feroz.
– ¿Cuál es ese mal?
– Querer en demasía a alguien menor y tras su partida
sentirse devastado. Muerto.
– Sí, creo que también lo padecía. Pero ¿cómo hace ese
enlace?
– Es fácil, doctora. La calavera también es la edad y
contrasta con el colibrí, que es la juventud, el vuelo, la libertad. Así la
calavera es lo estable, la prisión, la vejez. En tanto que las flores son el
enlace entre ambos, por lo que entonces serían el cariño, el amor, el sexo, o
toda aquella circunstancia por la que el colibrí jovial, se acerque a la
calavera avejentada. El uno aproximarse al prejuicio inocente de la jovialidad,
la otra acercarse peligrosamente a la tentación de una experiencia sensible
distinta. Eso es el mal del Lobo Feroz, según yo.
– Es interesante su postura, pero no la comparto. Espere,
alguien llama. Adelante, está abierto. ¿Qué pasa, Jan?
– ¿Estás bien, Meche? Encendiste la alarma.
– De nuevo la pregunta, ¿ve? ¡Qué chistoso, doctora!
– Sí, bien. Todo va tranquilo.
– ¿Meche? Estás sentada como si estuvieras dando terapia.
- Sí. Eso hago.
– ¿Y con quién sesionas? Has encendido la alarma y te hemos
visto sentada ahí hablándole al sillón. Meche ¿acompáñame, por favor? No hay
nadie más en esta habitación.
– No bromees, Jan, el señor DunkelBlau está sentado ahí, si
tú me dices que no hay nadie, gritaré, porque ya me estoy poniendo muy
nerviosa.
– ¡Exacto, doctora! ¡Esa es la explicación! ¡Ahora lo veo!
¡Usted es la Hechizera! ¡Claro, doctora, el héroe llega con la Hechicera para
deshacer el maleficio, como en Propp!...
– No hay nadie contigo, Meche, más que yo…
– ¡Doctora! ¡Yo sigo soñando, pero usted está aquí
verdaderamente! ¡Tiene que liberarme! ¡Usted es la hechicera de la psique!
– Meche, vamos.
– ¡Ande, doctora, libéreme! ¡No se vaya! ¡Libéreme!
– Ok, Pool, escucha bien…
– ¿Meche?
– ¡Vamos, Hechicera!
– ¿Meche?
– Pool, ¡despierta!
El eco
distorsionado abrió los ojos de DunkelBlau. En la sala había poco más de siete
personas; preguntó: ¿me dormí? Perdón. Tomó una hoja: Bueno, apunten sus
nombres, por favor. Por apellidos. Cada vez somos menos, aunque siempre hay
rostros nuevos, cómo te llamas tú, ¿cómo?, ah, ok. Pues bienvenida al curso,
Sarai. No se olviden de la fecha: febrero veintidós de dosmil… Llamaron a la
puerta, era la nueva psicóloga de la escuela: Profe, podemos pasar; Claro;
Chicos, les presento a la maestra Mercedes, ella se encargará del departamento
de psicología de la escuela, cualquier asunto en ese sentido, pueden dirigirse
a ella; Bienvenida maestra. Las miradas cruzaron como si en ellos algo
percutiera la memoria. Me parece conocida; Sí, a mí también. La chica nueva se
acercó a DunkelBlau, pero este salió detrás de la psicóloga. Sarai y
DunkelBlau, jamás volverían a encontrarse, ni en ese contexto, ni en otras
realidades.
(Aguilar Sánchez, Paul (Pool DunkelBlau), "La Femme: La Hechicera" (Colección inédita de Cuentos)
viernes, 17 de marzo de 2017
Presentación de "Mutantografías"
Este 22 de marzo, a la una de la tarde, se presentará la edición en papel de este proyecto. El evento será parte de las actividades de la Feria del Libro de la BUAP, en el centro de seminarios del Complejo Cultura Universitario. Saludos a todos.
jueves, 16 de febrero de 2017
Un célebre Escultor
A ti
Tienes razón, mereces restaurar tu fama y, ahora que lo
pienso, no debí dejar que esto que ahora soy afectara tu vida. Sin embargo tampoco
puedes decir que todo es culpa mía, reparte algo para la gente que participó de
esto, también es culpable. Yo no fui por ahí diciéndoles ¡vengan! ¡el arte
llegó!, quizás en eso debas, por lo menos, disculparme. Pero pídete algo que la
historia es larga, aunque es necesario contarla toda para que así, o me salves,
o me condenes.
Mucho
tiempo después de que lo nuestro terminara, recuerdo haber pasado por
periodos súper infértiles para la escritura. Había días en los que
prefería no ir al trabajo para dejar que algo en mí fluyera hacia el papel. Sé
que suena a cliché, pero recuerda que, siempre que escribía, lo hacía sobre la
hoja clara y dócil, porque me molestaba no ver los tachones sobre mis palabras
fatuas, las flechas dirigiendo los enlaces entre las líneas o los párrafos, los
asteriscos destacando las ideas con potencial, etc. Quizás el malestar era un
pensamiento absurdo sobre la perfección; no ver mis errores significaba no ser
consciente de ellos y por lo tanto, el escribir directo sobre la computadora,
resultaba aberrante para alguien como yo que pretendía llegar a ser un
escritor. Nada, el vacío creador estaba vacío. Miraba las hojas nacaradas sin
rayones siquiera, la pluma muerta sobre la mesita que hacía de escritorio y
pensaba en una lápida de celulosa recostada sobre el cementerio plástico en
espera de un epitafio boligrafiado. Sí, eso pensé, pero no pude escribirlo.
Acepté el
fracaso y volví a mis labores docentes tras un incidente que tuve en el
mercado. Ya habrá tiempo para contarte eso. Fue el 20 de febrero de 2030 cuando
nuestras famas se cruzaron, porque sin saberlo tú ni yo, en ese día comenzaba
nuestra historia como célebres personajes de esta hípster ciudad. Desperté muy
de madrugada, los ojos súper hinchados y difíciles de abrir, entre las sombras
caminé hasta el baño y encendí la luz. Me dispuse a despojarme de ese dolor
estomacal que provocó dos pesadillas seguidas en esa noche. Pujé con los ojos
cerrados y aún medio dormido, el alivio a la indigestión que tensaba mis
músculos abdominales me generaba un quejido hondo y duradero que me hacía
llorar y escurrir la nariz como de tristeza. ¡Vaya que sería tristeza! Sin
saber cómo, regresé a la cama. Horas después desperté con el ruido incesante
del gas, eran las diez, tenía que levantarme y conseguir algo para desayunar
que no fuera tan pesado, pero era tarde para todo, quizás en el camino algo calmara
el hambre mañanera. Corrí a las clases en la Facultad de Lenguas. Sé que ese
día no di todo lo que podía para con mis estudiantes, la resaca muscular
amenazaba con retortijones mi estómago constantemente, sentía que la consistencia
fecal en mis entrañas cambiaba de estado material y me decía hacía dentro: cómo
nunca ocupé esto como ejemplo de los fluidos líquidos y gaseosos cuando trabajé
en la SEP.
De regreso
a casa tuve un retortijón tan fuerte que dudé de mi capacidad adulta para
controlar la salida voluntaria de caca, boté todo sobre los sillones y tomé una
antología de poetas, así de gruesa, mira. Supuse que este nuevo malestar me
haría pasar otros quince minutos en el baño. Cuando abrí la puerta miré el
fondo del escusado y recordé que había olvidado jalar la palanca en la
madrugada. Justo en ese momento hice el descubrimiento. Obviamente, primero no
lo creí, carcajada tras carcajada me hicieron llorar de pura risa recordando
que con los amigos siempre decía: te voy a clonar, me saliste igualito,
copetudo como el presidente. Reí sin parar y ya para entonces el malestar que
traía se me había olvidado. Tenía que contárselo a alguien. Le hablé a René:
ven wey, hay algo importante que quiero que veas. Tras varias negativas, aceptó
llegar por la tarde-noche, mientras tanto clausuré mi baño y procuré no tomar
muchos líquidos.
Cuando
llegó se la pasó mirando las paredes pensando que en ellas se encontraba lo que
debía ver. Por fin, cerca de las diez y después de algunas Weizen, le dije: ¿ya
quieres ver mi “obra” de arte? Fuimos al baño, abrió bien los ojos e
incrédulamente me regresó la mirada: ¡no mames!; Ahí está, wey, tú la estás
viendo; No, wey, no mames, ¿es falsa, no?; No, es mi caca hecha arte, wey; ¡No
mames!... Reímos toda la noche haciendo chistes, recordando todas las veces en
que comparábamos gente con el excremento; resignificando el hecho de decirle a
alguien que es una mierda, dijimos que la coincidencia con el día era mero
producto del azar, aunque ya en su nombre llevaba la penitencia: miércoles; y
así nos la gastamos ese 20 de febrero de 2030 hasta altas horas de la noche.
Meses
después, en una reunión con el Rector, se dijo que debíamos buscar nuevas
formas de promocionar el arte en la universidad aparte de las que ya existían,
y que esta inquietud era consecuencia de su hartazgo sobre tanta cosa expuesta
en los espacios culturales de la universidad y que no se producía hacia dentro
de ella. Agaché la mirada de aburrimiento y de reojo miré una mano levantarse,
la voz dijo: Doc, yo conozco un escultor poblano, si usted me lo permite, puedo
ver si aún sigue trabajando en la universidad. Nuestras miradas se cruzaron y
me guiñó al tiempo que el Doctor le decía: adelante, René… En el
estacionamiento, antes de despedirnos, me pidió que me preparara para
presentarle algo al Doctor, obviamente me extrañó su comentario y sentí una
ligera burla que no supe si enojarme o sonreír: Mira, DunkelBlau – a veces era
muy propio conmigo –, si no fuera yo tu amigo, ni te conociera como hasta
ahora, no adivinaría que lo de la vez pasada te ha obsesionado, ¿o no?, es más,
estoy seguro de que has pensado en cómo hacer otras estatuillas, lo único que
no te adivino es si ya lo hiciste, pero, mira, tómalo como una puerta hacia lo
que buscas como artista, porque yo puedo llegar con el Doc y decirle que no
encontré al escultor pero, en cambio, te he encontrado a ti, ¿ves?... Tenía, de
cierto modo, razón. En primer lugar sí lo había pensado, y en segundo lugar,
aunque suene muy asqueroso, aún conservaba esa estatuilla.
Comimos en
mi casa la tarde del 16 de mayo para celebrarnos, como de costumbre, el día del
maestro; éramos unas quinceañeras que entre bromas, Brandy y demás referíamos
constantemente a la estatuilla. Ebrios decíamos ¡Salud por la gran mierda! ¡Más
miércoles como éste! ¡¿Qué mierda hiciste?! Y las carcajadas estridentes
escapaban por las ventanas como otrora cuando nuestra juventud vital nos
permitía beber sin parar y salir a la calle nocturna, a brindar con los de la
basura o a divertirnos en las pulquerías del mercado Hidalgo; ¡ah! ¡las
amistades que uno hace de borracho! Regresó del baño y preguntó por ella. Por
supuesto la tenía guardada. Había sido difícil (bueno, no, complicado) sacarla
del escusado sin maltratar su fragilidad pastosa. Con guantes y esponja retiré
los líquidos hasta poder meter una espátula plástica que de un solo movimiento
trajo consigo a la estatuilla. Le adecué una base de madera y para que perdiera
la repulsiva vista que tenía en color café, le puse una capa fina de cal, la
cual también le ayudó como desodorante. René la miró sorprendido dentro de un
nicho y me dijo: ¡me cae que estás re toto! ¿has hecho más?; No,
desgraciadamente no han salido más; Cómo que salido; Sí, yo no la hice
realmente, salió solita; Pues, mi amigo Dun, tú que eres un chingón para la
investigación, a ver si te averiguas cómo le hiciste para que saliera.
Hasta aquí
las mentes sanas abandonarían. Pensar en algo semejante, como el descubrir cómo
un ano puede modelar figurillas de caca con la impresión de la voluntad humana,
sobrepasa los límites del chiste vulgar, insano y repugnante. Incluso podría
pensar ahora que, ni a los positivistas les hubiera gustado conocer las causas
últimas de este fenómeno. Sin embargo, creo que por seguirle el juego a mi
amigo, realicé alguna serie de experimentos con mis alimentos y bebidas. Lo que
sí descubrí, y sin que se relacionara directamente con las estatuillas, fue que
las dietas pueden seguirse; comí vegetales, carnes, pastas, garnachas, tacos, y
bebí cuanto líquido me encontré en casa: agua, refresco, huachicol, tiburón,
pulque, café, etc. Todo infructífero, porque lo que nunca supe, incluso hasta
ahora, fue cómo hacer que mi voluntad moldeara una u otra estatuilla. Sin
embargo, por esos días de ociosidad, recuerdo haber escrito unas líneas a
propósito de mis experimentos: Polvo de serpiente arrastrando sus esporas en el cuerpo inútil de mi flora; sin salida mas con sangre, atrapada en el laberinto inmóvil del duodeno, como magia desgastada por los malos hechizos del pinaverio. Pesadilla a urdir en los rincones dejame morir como mueren los salvajes de mi carne, quiero pelearte frente a frente con la espada de subacetato de aluminio y ganarte la batalla con las semillas de hidrocortisona.
El sábado
ocho de junio descubrí sensaciones extrañas que me avisaban de otra creación. No
sé bien cómo explicarlo, hubo movimientos abdominales que tensaban y distendían
mi estómago, también pausas determinadas durante la excreción que fueron
acompañadas de quejidos a boca cerrada y sobretodo hubo la sensación de un
flujo lento y materialmente consistente que caía; pero más extraña te parecerá
mi reacción, porque era imposible no disfrutar del momento en que nos
despojamos de lo inútil del cuerpo, dejar que las lágrimas nazcan y agüen la
mirada clavada en los azulejos… Pop. Salió de mí, efectivamente, mi clon
miniaturizado.
Serios ante
el Rector, mostramos mis eses caleadas en un nicho de cristal que les daba un
toque de fragilidad artística inigualable. Admirado por el detalle de los
rostros, el cabello y las ropas, dijo no haber visto nada tan interesante como
hasta ese día. Me ofrecieron exponer en una galería del centro de la ciudad y
para entonces tenía unas veinte estatuillas de las que, te lo juro, no sé ni
por qué salían de mí. Entre becarios y personal de la universidad montamos las
esculturas de tal modo que permitían observar los detalles que tanto habían
gustado al Rector. En los primeros días la afluencia fue poca, sobre todo
porque omití dar noticias de esto a los amigos artistas, no quería que supieran
nada de mi falsa incursión en la escultura; sin embargo, la noticia corrió por
aquí y por allá y de pronto me vi envuelto por personas que ni conocía y que
buscaban conversar cuestiones de arte. ¡Qué aburridos! De pronto uno ve a la
gente caminando por entre la exposición hablando de lo que observan y de lo que
no, de lo que imaginan, de lo que creen, de lo que suponen que es el arte.
Sobre todo aquellos que buscan explicarlo todo, ridículos con lentes de pasta y
amigos de todo lo bueno, veganos, animalistas, ecologistas, creyentes de la
democracia y de la justicia, ¡qué fastidio! Intelectualoides que en sus palabras
adoran la intimidad de Cleopatra. Ante tal fenómeno, la repugnancia de mis
esculturas fecales era mínima.
Esa
exposición duró dos meses y mi fama creció lentamente igual de repugnante como
mis eses. Entrevistas, conferencias, aplausos, críticas…; yo no buscaba eso. En
septiembre, una voz al teléfono me ofreció comprarme las esculturas – lo
siento, no están a la venta –, pero insistió y le dije que marcara más tarde.
De verdad quedé sorprendido de que alguien quisiera comprarme mi caca, aunque
reparé en el hecho de que nadie, excepto René, sabía que esas no eran
esculturas normales; así que pensé en la cantidad más exorbitante que pudiera
imaginar a fin de quitarle los ánimos al comprador. Pediría medio millón de
dólares por la estatuilla que quisiera. ¿Adivinas lo que pasó? Sí, me compró mi
caca por medio millón, sin regatear; y yo le envié por paquetería hasta
Guadalajara la escultura del Papa tropezando en una escalinata. No sé si esta
persona pasó mis datos y el precio, pero a la semana comenzaron a llamar otras
personas con intenciones de compra. Siempre me negaba y siempre terminaba
aceptando. Vendí por diversos precios las esculturas fecales y hasta la fecha
no sé a dónde habrán ido a parar todas. Sólo conservé las dos primeras.
Un viernes
antes de tu aniversario recibí una llamada en la que me pedían presentarme en
el juzgado acusado de estafa. No entendía de qué se trataba, pregunté: segura
que no se equivocó de número; No, señor, es urgente. Al llegar a la sala de los
juicios orales, dos personas estaban frente al juez y el policía. Uno de ellos
era un tipo obeso, moreno, avejentado, con un lunar grande en la frente y una
sonrisa grotesca tipo Diego Rivera; me acusaba de estafarlo al venderle una
escultura de material dudoso que no resistió el paso de un trapo con el que
buscó limpiar un enmohecimiento sobre la misma. Mi defensa fue simple al
principio, al aclarar que por eso las esculturas se entregaban dentro de un
nicho y que posiblemente la humedad se debía al lugar en donde se colocó. Le
dije al juez que el trabajo era una cosa fina, pero que no requería de cuidados
especiales más allá de permanecer dentro de su cajita de cristal. Entre dimes y
diretes hablamos por cerca de una hora hasta que al abogado se le ocurrió traer
la escultura. El juez la revisó y resaltó un olor extraño, preguntó si era yeso
o algún tipo de cemento blanco: No, señor juez, pero es un material frágil;
Puede decirnos qué es; – Con tono semi-serio, dije – claro que no, no puedo
revelar los materiales con que mi escultura ha tomado forma ¡es antiartístico!,
antes prefiero devolver lo que el señor ha pagado por ella. El desgraciado
pidió el doble de lo que pagó, obvio me negué argumentando que todas las
compras se hicieron por teléfono y yo no podía estar seguro de que él fuera el
comprador. Quizá hubiera sido mejor aceptar, pero ya lo había dicho. Así que al
juez se le ocurrió decir que pagara la mitad de lo solicitado con la condición
de revelar el material con que habían sido hechas las estatuillas, además así,
ante la ley quedaba claro el tiempo de vida de esas esculturas. Era aceptable y
de cierto modo me convenía, dieciocho esculturas de lo más representativo del
mundo: Hitler, Gandhi, el Papa, Cristo, la Virgen, los Beattles, Virgilio
Piñera, Borges, la caída de las Torres Gemelas (esa fue difícil), entre otras
tantas, vendidas en varios miles de pesos. Era más que lógico pensar que todos
aquellos quisieran demandarme al saber que su escultura acabaría derruida por
el moho. Dudé, pero terminé aceptando sólo si el juez era el único en saber la
verdad del material. ¡Pinche juez! Él había comprado la de Benito Juárez
sosteniendo la bandera nacional donde los detalles del escudo simulaban los
bordados en hilos de oro. ¡Pinche juez!
Aunque ese
chiste me salió caro porque le tuve que dar tres veces el valor de compra y así
evitarme más líos. El muy canalla fue con el chisme a los medios, quienes
comenzaron a revelar en los periódicos que muy posiblemente la gente tenía,
como centros de mesa, un “fino mojón”. La crítica se dividió en dos, como
siempre, por un lado los puristas del arte que dijeron cuanta cosa se les
ocurrió, apelando a la historiografía del arte, a lo sublime del espíritu, a
decir que les tomaba el pelo; en fin, a cuanta tontería se les ocurrió para
justificar que mi escultura fecal era una mierda de arte. ¡Pues claro que era
una mierda! ¿Por qué les molestaba? Y por otro lado los que me defendieron
argumentando que ya Duchamp había hecho algo similar, pero menos arriesgado,
con el urinario de Nueva York, que yo tenía una propuesta revolucionaria, la
cual nos obligaba a repensar la plasticidad y materialidad de la escultura, a relecturas
sobre lo que las vanguardias históricas buscaron con destruir la institución
del arte, así como replantear los medios e instrumentos con los que se
construyen discursos artísticos… Incluso hubo por ahí algunos sociólogos aventurados
que vieron en mi “obra” el efecto del mundo post-postmoderno, que era el hastío
de la cotidianidad y no sé cuánto más inventaron. Días enteros se iban en discusiones
absurdas sobre mis eses, no había exposición, presentación de libro, concierto
o recital, en donde no se hablara de mí arte excremental. Mis amigos y yo nos
limitábamos a reír, qué más nos quedaba. No obstante, ante toda esta tensión,
se avecinaba el final como un torbellino de inodoro.
Estaba
harto de todo, de los pros, los contras, los neutros… en suma estaba harto de
la ciudad. Me dediqué a escribir nuevamente, a terminar los relatos de Ixitlán
y a acabar los Versos Insanos. También retomé mis prácticas con la guitarra y
hasta hice un pequeño bolero que en la voz de Pedro Infante seguro hubiera sido
un éxito rotundo, es una pena que el tiempo nos separe por casi cien años. De
las acuarelas mejor ni hablamos, aunque mi padre fue y es un gran pintor, a mí siempre
se me escurría el color; nunca logré los efectos que él pudo como cuando pintó
a la Iglesia de Analco allá por 1993. Ante mi paulatina desaparición de la
escena artística, la gente me pedía explicar cómo las hacía, porque los detractores
dijeron que todo era una sintomática de mi no desarrollo artístico, de no
superar la etapa fecal y que por eso, mi supuesto arte, era un mero juego
infantil. La tarde del sábado 22 de febrero, recordando que hacía poco más de
un año que no te veía, abrí el armario y miré fijamente a la primera escultura que
había salido de mí para llevarla a una plática donde explicaría todo. Al llegar
ahí, desafortunadamente estaban varias de las personas que, o se sentían
timadas, o apreciaban mis diminutas esculturas. El nervio me invadía, se hizo
un gran silencio mientras caminaba por un improvisado pasillo central en la
cancha de San Pedro. Tomé mi lugar, nadie osó sentarse conmigo; solo, como de
costumbre en mi vida, repasé con la mirada al público y entonces no tuve más
remedio que decir lo primero que se me ocurrió:
Qué demonios es el arte en nuestros días. Bajo qué parámetros agrupamos
o disociamos arte. Quién tiene el poder en su palabra para decir con autoridad
si algo es un producto del arte. Desde mi punto de vista es nuestro ego lo que
determina aquello que llamamos arte, y no necesité hacer estudios profundos
sobre el tema para llegar a esa conclusión; porque al final de cuentas podemos
distinguir entre dos intenciones artísticas causadas en el ego. La primera y
más trivial es la que, olvidándose de toda filosofía, crea a partir de los
elementos culturalmente asociados a las disciplinas artísticas, caso infame
dentro de las letras porque genera un tipo de poesía y prosa intelectualizada
que apela constantemente a las citas de autoridad del pasado glorioso;
literatura actual por demás vacua ininteligible e insensible, sin fondo, varada
en la mera apariencia de la fama literaria de otros; como para demostrar que
aquellos que la escriben son lectores de textos considerados literatura. La
segunda, sin reparar tanto en los recursos, explora las contradicciones
humanas, sus aporías, pero fracasará en su concreción plástica, porque no podrá
nunca transmitir aquello que ha encontrado en sus reflexiones, y porque en su
quehacer no busca ser en sí un producto del arte, sino ser apreciado como arte
por su pretensión de colocar en este mundo el resultado de la reflexión, el
resultado de la vivencia, en suma la vida <per se>. Los grandes artistas
no nos muestran que saben de arte, simplemente muestran un objeto imperfecto
apenas comparable con la idea en su interior.
Qué ego tenemos en nosotros
para señalar al arte, a las pretensiones o intensiones del artista. Este mundo
cercano a su fin ha creado una serie de homúnculos sapientes que han elevado la
crítica pero no el genio de la inventiva, de la creación. Homúnculos cobardes
persiguiendo la fama, ocultos tras las virtualidades del internet,
despotricando contra todo aquello que ellos mismos no han podido crear, mucho
menos entender. ¿Acaso ustedes creen que el artista hace lo que hace porque su
interés original es lo bello, lo estético? Por supuesto que no, el verdadero
artista no busca lo bello, busca una actividad que le alivie sus
esquizofrenias, sus frustraciones, no está buscando hacer arte. Eso lo buscan
los fantoches, los intelectualiodes que creen saber de arte y de lo único que
saben es de la parte instrumental; saben de límites del canon, pero no saben
nada de la libertad. Para muestra un botón…
Me levanté
y mostré la estatuilla que me representaba. Era yo en una pose bastante extraña
para los más. Hincado de rodillas y con las piernas abiertas, el pene erecto y
los brazos extendidos hacia abajo, con las manos como si agarraran algo que
colmara el ancho de la palma. La mirada estaba fija en una inclinación angular,
como si delante de ella algo o alguien fuera sujeto de un deseo erótico. Los
valientes se acercaron para apreciar los detalles de ese cuerpo antiestético y
de esa mirada libidinosa que en ella habitaba. La mayoría de las mujeres se
sintieron incómodas, otros hicieron chistes típicos de pendejos: el pito es el
único de tamaño natural… Cuando todos los curiosos vieron satisfecho su morbo
con mi representación escultórica, mostré a la primera estatuilla, la única que
no había sido destruida por el paso del tiempo y que era tu viva imagen ¡Cómo
no conservarla! Bocabajo, con el cuerpo dulce y frágil, con tus brazos
recargados sobre los codos levantabas la mitad superior del cuerpo y tu rostro
miraba por sobre el hombro derecho hacia atrás con una sonrisa sensual y los
ojos a medio dormir, tu cabello se extendía en parte por la espalda y en parte
por la caía frágil hacia tu lado izquierdo. Tus senos párvulos y henchidos
rozando la base de madera. Era una delicia que nadie más disfrutaba tanto como
yo. Tus nalgas redonditas encaminando al voyerista a la búsqueda frenética de
tus labios, que tiernos y sápidos se adivinaban entre los muslos porque, de tus
piernas juntas, el único deleite extra era tu pie derecho llevado a las alturas
sensuales que logra la pierna doblada; era como si llamaras con él al que desde
atrás te observaba. Juntas esas estatuillas no eran más que una simple
persuasión sensual y erótica al coito. Todos vieron mis ojos lagrimosos tras
mostrarles esa intimidad que nadie más debía conocer, pero que en el afán de
explicación, todos, absolutamente todos, destruyeron.
No hubo más
comentarios, los que tomaron fotos pronto te descubrirían en la vida real y
provocarían este encuentro. Pero no te preocupes, no habita en mí el afán de
conservarlo todo y por ese lado puedes estar tranquila; porque, bajo ninguna
situación, se revela quien fuiste realmente para mí y eso es más importante que
todo el morbo de la ciudad. Estate en paz, porque al salir de San Pedro y llegar
al puente de Ovando, aventé las esculturas al río, seguro que ahí encontrarían
el contexto húmedo que necesitaban hacía tiempo. ¡No, Sarai, déjalo así, yo
pago!
Pool DunkelBlau, La Femme: Un célebre escultor (inédito)
martes, 4 de octubre de 2016
Plenilunio
Alguna vez oí de una amiga un término
sorprendente: terrores nocturnos.
Después de algunas lecturas en psiquiatría descubrí que en realidad es un
padecimiento común, aunque generalmente se presenta en los niños. Entonces pensé
que el miedo puede ser de dos formas, innata e inducida. La primera forma de
miedo es aun insospechada por la propia persona, está dada por la misma
fisiología de la especie y determina las reacciones ante ciertos estímulos que
son potencialmente veraces en el mundo: miedo al fuego, a depredadores, a la
oscuridad… El miedo inducido es aportado por una infinidad de factores externos
que están dados por la cultura, y que pueden modificarse infinitamente, es
decir, hasta que la misma especie humana desaparezca. Así, el mismo miedo al
fuego se verá asociado a creencias o ideologías, el miedo a depredadores con
seres imaginarios y el miedo a la oscuridad a cosas desconocidas e
incomprensibles del mundo natural y sobrenatural.
Recordé
que de niño soñé con un sillón individual que de a poco se descubría, en un
cuarto oscuro, por la luz de un cerillo que yo mismo encendía. En aquel lugar
todo era tenue, mi cerillo apenas dejaba ver el color verde del sillón, de ese
verde mate que usan los militares; todo se hacía cada vez más pardo por el
mismo lugar y porque mi miedo había encontrado su talón de Aquiles. Durante
gran parte de mi infancia ese sueño asoló los confines de mi tranquilidad y
despertó en mí una serie de terrores en los cuales imaginé todo tipo de seres
al asedio, no sólo de mí, sino de mis sueños también. Ninguno de ellos, por más
horrible que hubiera sido, podía ser llamado pesadilla sino aquél primero, por
incomprensible, indescifrable y simbólico. He aquí los sueños de algunas
personas con las que conversé después de la plática con Alexis:
La
mujer elefante
Estuve embarazada; mi hija no nació o nació
muerta, ya no recuerdo. Yo la arrullé aún después de perderla y la imaginé en
mi regazo; luego, lentamente una lágrima corrió por mi cachetito tierno hasta
ella, apenas la tocó y se desvaneció en el aire. Qué insoportable soñarla con
su vestidito verde corriendo por la casa entera, brincando y pintando las
paredes. Y yo la regañaba. Le decía: ¡Ane, te vas a caer! ¡Ane, no agarres! ¡Pero
cómo la quería! en su sonrisa la mía estaba. Cuando la quería abrazar se
escondía de mí y yo la llamaba desesperadamente sin encontrarla; y la oía,
sabía que estaba ahí, en algún lugar de mi modesta casa, pero mis sueños me
abandonaban y despertaba en mi cama sola, abrazando la almohada. En la tele vi
a una mamá elefante cuidando a su crío de los depredadores y éstos se lo comían,
el primer plano mostró una lágrima verde escurriendo por la cara del animal.
Allá por el noventa y cinco soñé (con mucha angustia) que era un elefante
viviendo en un multifamiliar, mi hija se había transformado en el pequeño
elefante, la pude reconocer porque los ojos nunca engañan a las madres. Un día
vi cómo mi elefantita salía de la casa y a los pocos minutos pedía auxilio, sin
poder ver lo que afuera sucedía, oía golpes, rugidos y chillidos que me
alarmaron. Quise salir, pero mi enorme cuerpo se vio atrapado en de la puerta
del último cuarto. Estiré la trompa, la sentí forcejeando con algo desconocido,
por más que enredamos nuestras grandes y largas narices no pude salvarla, se la
habían llevado. Con mi paquidermo llanto, crecí incontrolablemente hasta colmar
la habitación, de la presión finalmente me asfixié y sucumbí al desmayo… soy
una elefante llevando el llanto verde de mis penas. Cómo puede ser posible que
no vean mi nariz…
El
hombre atrapado
Mi nariz creció y tuve cuidado de no golpear a
las personas. Creo que era más grande cuando hacía frío. Lo peligroso no era la
nariz, sino el filo que tenía; parecía que era un gigantesco cuchillo capaz de
rebanar todo cuanto le pusieran enfrente: madera, metal, rocas… todo. Para
demostración, a mis amigos complací cortando los muros de mi casa, les decía:
quieren ver la nariz fantasma, y corría directo a los muros derritiéndolos al
instante, ellos sonreían conmigo y exclamaban: chico, estás loco, deja te
limpiamos la nariz que te la has manchado de sangre. Miraba con incredulidad
sus acciones: no es sangre, es que también derrito concreto… Un día en que me
desesperé me decidí a derrumbar el edificio y con mi nariz fui cortando los
pilares que sostenían el hogar de mis vecinos, nadie bajó a reclamar, a nadie
le importaba. Corrí a través de los muros pero en el último me atoré, mi cabeza
se había comenzado a hinchar y al parecer perdía su propiedad fantasmal de
ignorar los muros. Estuve atrapado en las paredes por 220607 años pleniluniales
hasta que una esfera de cristal rebotó de tal modo que tocó tres planos del
cuarto al mismo tiempo y me liberó. Al salir de mi prisión el mundo había
cambiado, las personas como yo fueron llamados locos, esquizofrénicos,
bipolares y en fin, como el capricho de la psicología quiso. Así que me
emparedé nuevamente, esta vez corrí lo más veloz que pude por el atrio de la
catedral y empiné la cabeza hacia el pilar izquierdo de la puerta del perdón,
no había mejor lugar para permanecer eternamente. Aquí sigo…
El
rincón
Hay una señora dueña de las mareas[1], su
voluntad mueve mi corazón y a veces agita el miedo de mis dientes. Ella es su
madre. En las noches en que brilla completamente y eleva los océanos, él
aparece de la nada postrado en la esquina de mi habitación. Delgado, alto, con
el sobrero negro y un capote que llega hasta el suelo, sus manos son delgadas y
finas, como si su trabajo no fuera pesado, sus zapatos están llenos de polvo
como si fuera un caminante, pero no camina, siempre está ahí en el rincón. A
veces cuando duermo siento que se recuesta a mi lado y entonces despierto
asustada. Nunca lo he atrapado en el acto, sin embargo, puedo asegurar que en
una de tantas veces sentí su abrazo frío rodear mi cintura y respirar su cálido
vaho en mi oído, creo que ese día, cuando sentí que se levantaba, tuve miedo de
que se esfumara. Ha habido muchas ocasiones en que lo he corrido, pero
pareciera que su atrevimiento le hace permanecer inmóvil frente a mi cama. Sé
que me mira, aunque no veo sus ojos yo sé que me observa desde ahí, bajo la
sombra del sombrero. El 14 de febrero, cuando la señora de las mareas sonrió la
noche, dio un paso hacia delante. Lo noté porque mi memoria recordó
perfectamente el lugar donde hubo estado por los últimos 8 años. No sé qué
pretenda, ya ha pasado mucho tiempo y aún no alcanza la cama. Me angustia su
quietud, su silencio me hace pensar tantas cosas que a veces no consigo dormir.
Hoy será luna llena, los dos centímetros que nos separan tal vez se borren. Qué
cansada estoy, tal vez no sea nada…
Recogiendo
los pasos
Mi muela tronó y el dolor fue tan insoportable
que estuve a punto de perder el conocimiento, alguien iría a morir. Ya para el
viernes velamos a la abuela y como no somos de los que acostumbran a permanecer
mucho tiempo con el cuerpo, la enterramos a primera hora de la mañana; primero
porque algo extraño había hecho que su descomposición se acelerara, y en
segundo lugar porque el deseo de la abuela siempre fue entrar al camposanto
apenas Dios se levantara. Oí de muchos vecinos cierta intranquilidad por
escuchar que alguien caminaba por la sala, la cocina o el patio, todos ellos
fueron amigos de mi abuela. No es raro aquí en Camotlan que los muertos recojan
sus pasos, pero ciertamente nadie había caminado tanto como mi abuela. Dicen
que algunas veces, en el campo, se oye a la abuela pizcando el frijol que ha
quedado olvidado, que en la casa del padre hace un novenario cada fin de mes y
que ha recorrido muchos de los caminos que nos llevan hasta Huajuapan de León,
por los que ella pasó cuando era niña. Mi mamá platica con ella los sábados
antes de ir al mercado, después dice que me deja con ella para que continuemos
conversando, pero yo no quiero. Mi abuela me quería mucho. Un día me dijo que
cuando muriera vendría por mí para que la acompañara en su camino, pero yo no
quiero.
El
señor del templo Expiatorio (sueño relatado por escrito)
Barrí la sacristía como todos los lunes, estaba
por recoger la basura cuando entró un hombre vestido de negro; como si fuera un
fraile de hábito negro. Nunca pude verle la cara por más que intenté. Una voz
ronca y grave salió de la sombra que le hacía el capuchón: no volverás a hablar
hasta el día de tu muerte. Enmudecí desde ese preciso momento sin poder
preguntar por qué; corrí hasta la imagen del Cristo crucificado e intenté
hablarle alguna palabra de ayuda, pero no pude. Dice el dicho que si no hablas
Dios no te escucha, y a mí me pasó exactamente eso. Mi esposa no me creyó pese
a que le escribía en papelitos mi historia y mi angustia. Cada mañana
despertaba pensando que sería el último si acaso de mi boca, y por
inconsciencia u olvido, daba los buenos días a mi mujer. Sabía que no moriría
cuando ni ¡ah! podía decir. Algunos días más tarde pensé en la posibilidad de
morir en algún otro momento, es decir, pensé en dos cosas, la primera que
cuando mi voz regresara simplemente sería un aviso de que la muerte estaría
cercana y que no pasaría de ese día; la segunda que mi voz podría regresar en
cualquier momento y no precisamente en la mañana, así, el momento preciso en
que dijera cualquier cosa sería mi último momento. Dado que mis pensamientos me
hicieron suponer que mis palabras valdrían mucho cuando las dijera nuevamente,
pensé en una serie de ellas que fueran las mejores de mi vida; como resultado
las únicas que intentaría decir serían: Gracias Dios. Un día estaba sentado en
la banca del patio y mi esposa se acercó hasta mí, me abrazó fuertemente como
si no quisiera perderme, un hormigueo inquieto apareció en mi garganta y supuse
que mi voz estaba por regresar. Pensé, guardo silencio y no le digo nada para
amarla hasta que la otra muerte, la natural, nos separe, o hablo en este
instante en que tengo la necesidad de decirle cuanto la quiero. Escribí en dos
papelitos las palabras que quería decir. Abrí uno, lo puse en las manos de mi
amada y le cerré el puño como indicando que no lo viera aún; me miró a los ojo,
le sonreí y le di un beso… te amo.
El
vagabundo[2]
Es la noche de navidad, los niños corren hacia
mí y con sus voces tiernas me llaman abuelo, los abrazo sin que en mí exista el
deseo de dejarlos nunca más. La mesa está servida con la mejor basura de la
ciudad, mis hijos comerán con una felicidad incomparable y entre sus dientes se
podrán observar algunos residuos putrefactos de comida y pelos de animal;
alguien arrancará una pata de perro y del especiero agregará un poco de sarna
tan sólo para darle sabor (yo les enseñé ese truco). Mi amada esposa (¿la ve?)
está parada frente a la ventana, mirando a la señora de las mareas que en lo
alto finge sonreír. Qué haces amor mío. Alejándome de ti… Hay desconcierto en
el banquete, es un sueño, mi pantalón se desgasta en un instante y una mancha
líquida comienza a dibujarse por la entrepierna, a dónde se va todo el mundo
¡Hija, Jahitzin!…
Los temores de las
personas fueron asombrosos, algunos otros que ya no recuerdo siguen dando
vuelta en mi cabeza. Sé de algún otro que soñaba escribir y cuando despertaba
había olvidado todo, no parece sorprendente puesto que a todos nos ha pasado
algo similar, la cuestión está en que esta persona llevaba dos años soñando lo
mismo, una y otra vez se repetía, sabía que era el mismo porque la huella que
dejaban le hacía pensar eso, sin embargo, a la mañana todo se había borrado,
ningún título, ninguna frase, nada. Sometido a hipnosis pudo rescatar estas
letras: MUTNTOGRFAS.
[1] El sueño anterior y
éste hablan de una “Señora de las mareas”, no hace falta ser muy letrado en los
arquetipos sociales para darnos cuenta que ambos relatores se refieren al mismo
ente. No es necesario pensar que las personas se conocen o que comparten gustos
o aficiones; no, la misma cultura en la que ambos se han desarrollado les hace
referirse al mismo “ser” del mismo modo. Es como si al dar una dirección nombráramos
algún punto conocido de la ciudad para ubicar a nuestro caminante; la Señora de
las mareas es la misma que a todos nos puede hacer soñar, es la misma que está
y no desde el comienzo de nuestros días y hasta el final de ellos.
[2] Mientras me refería su
sueño quedó hipnotizado por el mismo. Quise esperar a que despertara, sin
embargo no lo hizo. La noche del 23 de diciembre de 2008 falleció bajo el
puente de Ovando, de entre sus ropas encontré una foto, una mujer hermosa quien
supongo es aquella que me pidió viera. Tenía una gran cantidad de cartas y
todas destinadas a … las quemé para no despertar la curiosidad de los
chismosos.
Aguilar Sánchez, Paul (Pool DunkelBlau), Mutantografía: Plenilunio (inédito)
Aguilar Sánchez, Paul (Pool DunkelBlau), Mutantografía: Plenilunio (inédito)
domingo, 2 de octubre de 2016
Qué es esto
Se sabe, gracias a algunos sueños intranquilos,
que existe un lugar en donde todo puede ser; lo que en la realidad se ha
anhelado y ha quedado frustrado, tiene materialidad onírica en ese espacio
insospechado: los deseos, los impulsos, los sueños, ideas, fobias reprimidas,
pensamientos insanos, odios, amores… absolutamente todo lo que en nuestro mundo
no ha obtenido su concretud. Ahí surgen las pesadillas y los despertares
tranquilos; los juramentos de amor y las palabras imposibles que no decimos
cuando sabemos que todo terminó; ahí se crean los placeres de una pareja cuando
se miran antes de dormir y no dicen nada. Borges ha compilado una serie de entes
en un libro que escribe junto con Margarita Guerrero y donde figuran varios de
los seres imaginarios que habitan ese lugar. Hay conceptos, ideas e
irreverencias orbitando el infinito espacio de las sombras.
Ahí
el silencio atraviesa el cuerpo y lo deja en estado de angustia, de
incertidumbre. Si por azar se es de los que tienen ojos, éstos de poco
servirán. Unos pequeños destellos de luz, como estrellas que muy en la
distancia gelatinosa hay, apenas un instante se muestran cuando ya han
desaparecido; se dice que son ideas; hay ocasiones que el lugar parece una
noche estrellada. Si se es de los que tienen un hueco por ojos se está en una
posición ventajosa. La conciencia despierta a través de los sonidos, ecos y
demás ondas que invaden el cuerpo. Pese a que el ambiente crea extrañeza, de a
poco uno irá acostumbrándose a la espesura del aire, a la pesadez del
sentimiento que algunas veces llora, a la aflicción del amor o a la sonrisa
lastimera del desengaño. Si algún aventurado osa poner un pie en ese lugar, sus
pasos producirán un eco mórbido que temblará los huesos y la piel dejará
chinita. Las ondas podrán verse en el camino mientras se alejan, sin que en
ellas se perciba algún tipo de voluntad que las haga regresar. Se recomienda
anular todo tipo de miedo, puesto que se podrían imaginar seres perversos que,
obviamente, aparecerían ahí; sería mejor pensar en Mentor o incluso alguna
figura que haya sido (o sea) arquetipo de bondad. Evite gritar, su angustia por
no encontrar a nadie crecería al percibir los mil colores en que su voz se
transforma al articular cualquier tipo de auxilio verbal. Aunque se sienta
triste en aquel lugar, evite llorar, las lágrimas son mal vistas por los que no
residen su “yo”; Alterimonios acechan el llanto para reír en su oído, literal,
en su oído. Analice el ejemplo:
“…las veo irse hasta perderse en la conjunción del infinito y mi pupila…
¡hay alguien aquí! Mis palabras rebotan sin respuesta y se amalgaman en colores
impensados. Todo flota. Un carrito de mi infancia aparece, recuerdo su
presencia en una lista de regalos que nunca llegó ¡qué mundo tan perverso que
nos hace soñar! ¿es ese el progreso? La oscuridad lo devora así como la memoria
terminará consumiéndose en sus propios recuerdos. Aparece una larga fila de
objetos sin tópico aparente de clasificación; bien podría ser formal o
informal; o bien por color, tamaño, propiedad, funcionalidad o grado de deseo
frustrado, creo que tengo miedo. Una nube obscura se acerca…”
No
hace falta leer más de esta aburrida anécdota. Es evidente la nostalgia
victimaria que domina en las sombras. Qué no habrá en ellas; una niña que
caminando llora como lamentando la muerte de su padre y en sus gritos la
inspiración del poeta para escribir La
Micaela, canción del Istmo que musicalizara Andrés Henestrosa y que llamara
La Martiniana en honor a su madre.
Imaginemos el dolor sufrido de la niña que es capaz de grabarse en la mente del
poeta como palabras extenuadas. En otro apunte del anecdotario se puede
observar un nombre cuya naturaleza aún es incierta: Jahitzin. Los etimólogos no
aciertan en su origen porque la primera parte del nombre parece algún tipo de
variante del hebreo, y la segunda una variedad del nahuatl clásico. Quién, en
su más lúcida imaginación, habría concebido nombre tan imposible, en qué
momento y por qué. No importa ahora, el nombre pertenece al mundo de las ideas;
jamás fue en este mundo y jamás habrá persona que pueda llevarlo de pila.
Ahí un papelito que versa: “abuelita Aurorita, no se te olvide, 2 28 90
87…” que seguramente se olvidó. Cartas de amor que nunca fueron entregadas,
ora una que dice: “não vai acabar nos
olhos esse amor, você duvidou quando chorei, chegou batucando quase me mata
sambando com o coração cansado de sofrer, jurar jurei, jurei que jamais ia por nada chorar, foi promessa de samba melancolia, jurei te
amar na saúde, na doença e na dor, é bom cumprir as juras de amor...”[1], ora otra que afirma: “les
parois de ma vie sont lisses, je m’y accroche mais je glisse, lentement vers ma
destinée, mourir d’aimer…”[2]. No cabe duda, ahí, en el lugar de las
sombras, existen todos los secretos, desde el mapa verbal del tesoro de
Moctezuma y la ubicación del origen de la vida, hasta el primer libro sagrado,
el primer Dios, los Dioses posteriores y el Dios actual. Todo confundido a la
espera de una puerta que los haga salir, a la espera de una mente que los
materialice. Dicen que mientras la esperanza viva el lugar seguirá creciendo.
Sus confines son inalcanzables, si se conoce algo de él apenas será una ínfima
parte, que lógicamente hará surgir la duda: qué es esto. Paradójicamente la
respuesta estará ahí mismo.
[1] La inclusión de
la canción “Juras de samba” de Carlinhos Brown nos hace suponer que el autor
infiere cierta relación metafísica entre su propio sentimiento y el de la
canción; en otras palabras, pareciera que la letra expresa aquello que él, por
imposibilidad léxica, no puede; convirtiendo a la letra en una catarsis
anhelada y en un elemento intertextual con cabida narrativa.
[2] La segunda canción
pertenece al cantante francés Charles Aznavour; los motivos por los cuales la
incluye aún son inciertos.
Aguilar Sánchez, Paul (Pool DunkelBlau), Mutantografías: Qué es esto (inédito)
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